Nos maltratamos de tal manera cuando creemos que no estamos a la altura de lo que esperábamos de nosotros mismos, y llegamos a decirnos palabras muy crueles, somos muy duros a la hora de juzgarnos.

Nos asombraríamos si observáramos con detenimiento lo que nos decimos cuando algo no nos sale como quisiéramos, o cuando nos miramos al espejo y la imagen que vemos no nos gusta, y ni qué decir de los reproches que nos hacemos por cada error

Y es aquí donde nos conviene hacer una pausa, escucharnos y darnos cuenta de que divididos por dentro no podremos amarnos ni mucho menos dar amor a nuestro entorno. Este ejercicio de mirarnos requiere, en primer lugar, que tomemos conciencia de nuestro sufrimiento, ya que no podemos conmovernos ante nuestro propio dolor si no empezamos por reconocer que existe.

Es necesario ser amorosos con eso que nos duele, abrazarlo, reconocerlo, hacerle lugar en nosotros para ser capaces de atravesarlo con amor y compasión. 

La cultura del éxito nos hace creer que siempre tenemos que estar bien y que no debemos quejarnos de las adversidades y más aún si ese dolor procede de un juicio negativo hacia nosotros mismos (por ejemplo, la autocondenación por haber hecho algo inadecuado) por eso nos resulta difícil reconocer que, en realidad, estamos sufriendo.

Normalmente no reconocemos esas sensaciones como un sufrimiento que merezca una respuesta compasiva, más bien tenemos una tendencia a pensar “metí la pata y merezco sentirme mal”.

En nuestra sociedad la inseguridad, la ansiedad y la depresión son muy comunes. Diversas investigaciones demuestran que, en gran parte, se debe a los juicios negativos hacia uno mismo, al maltrato al que nos sometemos cuando sentimos que no somos como “deberíamos” o que no somos unos “ganadores” en el juego de la vida.

La solución a un problema radical siempre será una respuesta radical. Debemos dejar de juzgarnos y autoevaluarnos, dejar de etiquetarnos como buenos o malos y aceptarnos con generosidad. Tratarnos con la misma amabilidad, cariño y compasión que mostraríamos hacia un buen amigo.

La compasión hacia los demás y hacia uno mismo es básica, entre otras cosas, porque uno tiene que cuidar de sí mismo para poder cuidar a los demás.

“Cuando una persona se juzga y se autocritica continuamente, intentando al mismo tiempo ser amable con el otro, está poniendo una barrera, que termina provocando sentimientos de separación y aislamiento”.

Te comparto tres componentes necesarios para el cultivo del autocuidado amoroso:

Amor para con uno mismo

Esto implica ser cálido y comprensivo hacia nosotros mismos cuando sufrimos, nos rechazan o nos sentimos inadecuados, en lugar de ignorar nuestro dolor o flagelarnos con la autocrítica.

Reconocernos como seres humanos imperfectos nos llevará inevitablemente a experimentar dificultades en la vida, por lo que debemos ser amables con nosotros mismos cuando nos enfrentemos a experiencias dolorosas, porque no siempre vamos a poder conseguir exactamente lo que deseamos.

Cuando esta realidad se niega o cuando se lucha en su contra el sufrimiento aumenta en forma de estrés a través de la frustración y la autocrítica. Cuando esa realidad vital es aceptada con simpatía y amabilidad, se experimenta un mayor equilibrio emocional.

Humanidad común con el resto de mis hermanos

La frustración por no tener las cosas exactamente como queremos suele ir acompañada de un sentimiento irracional de aislamiento: es como si “yo” fuera la única persona que sufriera o cometiera errores; sin embargo, sabemos que todos los seres humanos sufren.

La propia definición de ser “humano” significa que uno es mortal, vulnerable e imperfecto. Por lo tanto, la autocompasión implica reconocer que el sufrimiento es parte de la humanidad: “algo que todos pasamos”, en lugar de algo que sólo me pasa a “mí”.

Muchos aspectos y circunstancias personales no son de nuestra elección, sino que provienen de innumerables factores sobre los cuales no tenemos control. Por lo tanto, los fracasos y dificultades de la vida no tienen que ser tomados como algo personal, sino que se pueden reconocer y admitir sin prejuicios, con compasión y comprensión.

Llevar nuestra atención a nuestras emociones

La autocompasión también requiere un enfoque equilibrado, franco y claro sobre nuestras emociones para que los sentimientos no sean ni suprimidos ni negados ni exagerados. No podemos ignorar nuestro dolor y sentir compasión por ello a la vez. Al mismo tiempo, requiere no perdernos y quedar tapados por ellos, porque esto nos llevaría a una reacción negativa, la cual apunta directamente hacia nosotros mismos.

En conclusión, ejercer un autocuidado amoroso implica una convivencia en la que todo se integre en la no violencia como estilo de vida, no solo conmigo mismo sino con nuestro entorno.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Mt.22:36.

Casada con Hernán y mamá de Evan, es licenciada en Ciencias para la Familia y counselor, con una mirada psico espiritual. Esta tarea la desempeña en consultorio y también en su comunidad de fe. Coordina Juntas en el Camino, espacio que acompaña a la mujer en situación de vulnerabilidad sexual, a través de la prevención, acompañamiento y restauración.