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México, evangelizar a pesar de la persecución

Un testimonio de vida del pastor Rafael, de Oaxaca, México. Él es un hombre que en muchas oportunidades fue perseguido por predicar el Evangelio, encarcelado, pero hoy, pese a las dificultades, se encuentra en un refugio en el que con cautela todos los días predica de Cristo.

La corresponsal Chely visitó la ciudad y realizó una entrevista con el ministro, quien le contó que en 1960 fue a México y un año después comenzó a predicar. Actualmente, se encuentra en esa ciudad, pero él afirma que Dios lo llamó a trabajar en la costa, en la sierra sur y en los valles de este lugar.

Puertas Abiertas: ¿Cómo conoció usted ese llamado?

Rafael: Ocho días después que acepté a nuestro Señor Jesucristo, asistí a una pequeña misión en la colonia Postal, en México, donde predicó un anciano, quien al final de su prédica dijo estas palabras: “ustedes, jóvenes que están hasta allá atrás, vamos, levántense y lleven la palabra a sus comunidades”, el anciano seguía hablando, mientras tanto yo recibía una visión de parte de Dios, era como una pantalla, como una película, y vi toda esta región (la costa de Oaxaca). Entonces, me dije “tiene razón, en mi pueblo, en toda esta región de la costa y la sierra, no se oye de un Cristo vivo, un Cristo que salva, que sana, que restaura”, y sentí en mi corazón regresar con esa finalidad de hablar de Jesucristo.

En esa noche allí sentí algo especial, entonces, eso creo que es el llamado de Dios, un llamado a las comunidades rurales; no fui llamado a la ciudad, fui llamado a las comunidades rurales.

Para ese tiempo Pluma Hidalgo era un centro comercial y aquí se concentraba mucha gente, sobre todo en los meses de octubre y noviembre, por la cosecha de café, venían de muchos pueblos: de la sierra, del valle, de aquí mismo de la costa.

Esa noche, después del culto, les dije a mis familiares que iba a regresar a Pluma, a ellos les sorprendió porque realmente no tenía a qué regresar al pueblo; mi mamá había muerto y mi papá ya vivía con otra mujer. Pero esa noche Dios cambió mi forma de pensar y decidí regresar con un solo fin, predicar las buenas nuevas de nuestro Señor Jesucristo.

Mis familiares temían que a tan poco tiempo de haber aceptado a Jesucristo corría el riesgo de alejarme y volver al mundo, con los amigos, a las cantinas. Les dije que no, que yo siento que debo de ir ya. Al siguiente día, con mi tío Daniel, nos levantamos tempranito a orar y luego fuimos casa por casa; no sabía ni como dar mi testimonio, pero les fui diciendo lo que Dios hizo en mi vida. Tres días ayunamos y recorrimos llevando mi testimonio casa por casa. 

PA: Pastor, usted fue encarcelado por predicar a Jesucristo, ¿nos podría decir cómo vivió ese tiempo en la cárcel? ¿pudo hablar de Cristo en la cárcel? ¿Podría contarnos un testimonio de ese tiempo?

R: En 1963 fui encarcelado en un lugar llamado Lachidoblas, en Oaxaca. Nuestra estrategia al entrar en un lugar era siempre encontrar “un hijo de paz” San Lucas 10:6. En ese pueblo ya lo habíamos encontrado, teníamos dónde llegar, pero buscábamos hablarles de Cristo a las demás personas e invitarlas a esa casa y fue ahí donde una discusión sobre la idolatría se les escapó de las manos a unos hermanos, los metieron a la cárcel y nos buscaron a nosotros; cuando nos encontraron ya nos iban a pegar, pero intervino una hermana, Honoria se llamaba, en lugar de golpearnos a nosotros, la golpearon a ella.

También ella fue con nosotros a la agencia municipal, y estando ahí, yo di mi testimonio y pedí disculpas, pedí que perdonaran a los hermanos que habían hablado en contra de sus ídolos; les dije que nosotros no estábamos en contra de su religión, que solo predicábamos a Cristo, del amor de Cristo, de la paz que viene de Dios; pedí perdón y así fue como se aplacaron, porque tenían ganas de lincharnos.

“Nos prohibieron estrictamente que permaneciéramos ahí. Como a los dos meses después que sucedió esto volvimos otra vez, pero esta vez nos dispararon, fueron muchos balazos”.

Íbamos caminando de ese pueblo hacia otro y las balas destrozaban las ramas de los árboles de ocote que había ahí. Creo que su intención no era matarnos, pero sí asustarnos; nos pasaron las balas muy cerquita. Nos persiguieron un buen tramo con el fin de que no volviéramos a Lachidoblas. Ese fue uno de nuestros lugares estratégicos, nuestra base para de ahí distribuirnos a evangelizar a otros pueblos.

Otro lugar donde estuve detenido fue en San Agustín Loxicha, pese a lo sucedido le predicamos a una persona que estaba ahí detenida, le hablamos de Cristo. Duramos como 5 horas en la cárcel.

PA: ¿Cómo fue que los encarcelaron?

R: Llegamos como a las 2.00 de la tarde a San Agustín, enseguida empezaron a repicar las campanas y se empiezan a escuchar los anuncios en altavoz, uno de los que nos acompañaba entendía bien el zapoteco y fue quien nos avisó que el sacerdote católico junto con las autoridades estaban llamando a la población a reunirse porque había llegado gente que traía propagandas protestantes y que pretendían dividir al pueblo, y pues esos éramos nosotros.

Nos dividimos en dos partes, dos hermanos se fueron a evangelizar en la parte de abajo del pueblo y otros dos nos fuimos por la parte de arriba; mientras uno se quedó a cuidar la camioneta. La encomienda era predicarle a la gente y encontrar a los que les interesara conocer al señor, pero si encontraran gente que no quiera oírlos, que no les insistieran, sino que fueran con otros. Si a alguien le interesara, pídanle su nombre para en una próxima visita llegar directamente con ellos.

Así empezamos a evangelizar casa por casa. Llevábamos como dos horas y encontramos a un hombre que se empezó a interesar, saqué una Biblia y cuando le estábamos explicando cómo está integrada vienen por nosotros los policías. Nos quisieron golpear, pero les dijimos que no estábamos haciendo nada malo; que podíamos ir a donde nos llevaran, pero no había necesidad de que nos golpearan.

Nos llevaron, pasamos por el centro del pueblo, había como doscientas personas y seguía hablando el cura por micrófono. En la plaza había un hombre que estaba borracho y nos dijo “¡no se rajen, muchachos!” y esa palabra nos fortaleció, ahí nadie más que Dios estaba con nosotros; todo el pueblo estaba en nuestra contra, pero Dios usó a uno para fortalecernos.

El síndico nos dijo “¿no están escuchando que aquí está prohibido traer propagandas religiosas?, aquí no aceptamos absolutamente nada de otra religión; aquí somos católicos”. Entonces le dije “nuestra visita es de paz, traemos un mensaje de paz, de amor, de unidad. No estamos hablando mal de ninguna religión”.

Empecé a hablarles de Dios, y en ese momento aquél que nos dijo “no se rajen” (era un maestro jubilado) les dijo a los que estaban ahí “qué lastima que aquí en mi pueblo quieran hacer lo mismo que les hicieron a otros jóvenes en otro lugar, que quisieron quemarlos por hablar de Jesucristo”, después habló otro y luego otro, así empezaron a discutir entre ellos.

La policía nos llevó a la cárcel para rescatarnos, porque ya nos iban a linchar.

Cuando nos liberaron, unos vecinos nos recibieron en su casa, aun cuando temían la reacción de los demás, nos colaboraron y escucharon de la Palabra. Estos vecinos terminaron recibiendo a Cristo en su corazón y nos dieron apoyo ante las autoridades para evitar que nos echaran del pueblo. Así fue como se comenzó la obra en San Agustín Loxicha. Ya hoy hay varias congregaciones ahí y hay un espacio dentro del palacio municipal exclusivo para oración.

Otro dato importante. Don Melitón, quien nos apoyó frente a las autoridades y nos brindó su casa, tenía un horno de pan, y uno de los muchachos que iba conmigo era panadero de oficio. Platiqué con él y lo animé a quedarse para que enseñara a hacer pan a la gente, desde luego que el propósito era seguir evangelizando. Pablo se quedó casi un mes y ganó muchas almas en ese lugar. Hoy pablo es copastor de una de las iglesias grandes en México.

PA: ¿Cómo fue que usted creyó en Jesucristo? ¿qué fue lo que Él hizo en su vida?

R: Vivía en una de las vecindades más pobres de la ciudad de México, por Tepito, donde abundaban los borrachos. Yo me sentía triste, me sentía solo, no tenía familia, no tenía hermanos, hasta que los encontré a Daniel y Joel, mis familiares, que me empezaron a hablar de Cristo. Me sentí contento, pero en ese tiempo yo estaba cerrado, no quería nada con Dios, aunque yo era religioso; me acuerdo que en la Basílica de Guadalupe me iba de rodillas pidiéndole que me ayudara, había un vacío en mi corazón.

Mi tío Daniel me testificó de un milagro que Dios hizo en su vida y me habló de un Cristo de poder. Así estuve yendo con ellos por tres domingos, pero el tema era lo mismo, Jesucristo, por lo que opté por ya no frecuentarlos y me empecé a esconder de ellos, pero ellos me buscaban.

Un día estaba caminando sin rumbo; me sentía triste, tenía un vacío en mi corazón, iba por un callejón sin salida. De repente veo a mis dos familiares Daniel y Joel y quise esconderme de ellos; pero ellos ya me habían visto.

Me invitaron unos tacos, me volvieron a hablar de Jesucristo y me invitaron a un servicio. Como siempre, me negaba a ir con ellos; pero Dios pudo más que mi orgullo, y esa tarde, por primera vez, fui a una reunión cristiana. El predicador habló sobre la parábola del hijo pródigo y fue a través de ese mensaje que yo tuve un encuentro con Cristo.

Todo lo que decía me pegaba a mí, incluso llegué a pensar que mis primos ya le habían hablado de mí al predicador. Cuando él dijo “hoy ese Padre está aquí, no lo vemos, pero está aquí presente, acérquense a reconciliarse con Él, Él les va a dar paz y gozo, alegría”; yo no pasé, pasaron otros, pero allá en mi banca me senté y dije estas palabras: “Dios, si tú existes, cambia mi vida, tú sabes cómo vengo”.

“Sentí ganas de llorar; no lo hice porque había mucha gente y me aguanté, pero sentía algo aquí adentro, porque lo que le hablé a Dios desde mi corazón”.

Terminaron la reunión y cuando salí del templo sentí que algo se me había desprendido, me sentí libre, sentí una paz en mi corazón. Esa fue la noche más feliz de mi vida; al otro día cuando amaneció y todo era hermoso, todo era bonito para mí, quería saludar a toda la gente, quería contarles a todos que era el hombre más feliz porque la salvación había llegado a mi corazón; más tarde, en lugar de irme a trabajar, fui a buscar a mis familiares, quería estar con ellos y seguir hablando de Jesucristo.

PA:  Predicó en más de 100 pueblos y sufrió persecución, ¿cómo persistió en la Palabra ante esas circunstancias?

R: Después de recibir a Cristo, apasionarme de la Palabra memorizándome capítulos de la Biblia, epístolas completas y salmos. Con oración y ayuno, en la montaña o en el campo donde fui bautizado en el Espíritu Santo. Leí libros de misioneros del siglo XVIII que oraron en la montaña.

PA: ¿Qué bendiciones Dios les mostró en ese tiempo pese a las circunstancias que fueron difíciles?

En varias ocasiones Dios me envió provisiones económicas a través de ángeles. En otra ocasión me envió ayuda económica por telégrafo, nunca supe quién me dio ayuda económica para el ministerio.

PA: ¿Cuál es su experiencia en expandir la palabra de Cristo en medio de la pandemia?

Las autoridades nos mandaron un oficio para cerrar la iglesia, pero nosotros podemos reunirnos de casa en casa. Hoy ya no soy perseguido por las personas, pero sí tenemos otras luchas espirituales, problemas en las iglesias donde le han dividido dos veces su movimiento por eso ya no son muchos. Para este tiempo tengo esta Palabra: Efesios 5:15-16 “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”.

Seguir predicando de Jesucristo, tomar sus promesas y depender de Dios en todo tiempo.

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Es una organización internacional que actúa en más de 60 países donde existe algún tipo de amenaza a la vida de los cristianos y/o a su libertad de creer y rendir culto a Jesucristo. El propósito de Puertas Abiertas es fortalecer la parte del cuerpo de Cristo que se enfrenta a la persecución por su fe, para que, permaneciendo firme, sea la sal de la tierra y la luz de Cristo donde sea que se encuentre.

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