Cuántos desafíos trae ser padres, educar, formar, acompañar los procesos de los hijos.

La vida cotidiana pone a la familia en un proceso de mutuo aprendizaje continuo, en medio de los cambios sociales que van dando forma a estos sujetos en formación que son los niños y niñas. En estos días se celebra la niñez, y es un buen momento para recapacitar en aquellas necesidades que nuestros niños deben satisfacer para crecer de forma sana.

“Pensar en los niños como sujetos de derechos nos pone en un lugar de responsabilidad. Ellos necesitan de nuestra parte una entrega comprometida”.

La realidad actual se presenta atravesada por dispositivos que más que acercar, distancian. Pareciera que las herramientas tecnológicas debieran ser elementos que nos permitan vivir mejor, organizar los tiempos, producir cercanía, pero en la práctica cotidiana pasa lo contrario.

Uno de los elementos constitutivos de la identidad es la mirada

Cuando ésta se fija más en los aparatos que en las personas, los vínculos sufren un quiebre. El contexto en el cual estamos inmersos nos deja en un lugar sin lugar, estamos, pero no. Cerca, pero distantes, “comunicados” pero sin oírnos realmente. Sin mirarnos. Este no es un tema de las familias pudientes en lo económico, porque en la mayoría de las casas, más allá de la economía que manejan, hay dispositivos tecnológicos en uso; esos que vinieron inicialmente para “facilitar la vida” y que, si no tenemos cuidado, nos la complican.

Pensando en la niñez, no podemos pasar por alto la necesidad que los niños tienen de la demora. Hoy día nos rige la urgencia, el apuro, la superficialidad; nos perdemos en lo superfluo sin trabajar en las profundidades del vínculo que establecemos con ellos.

“Demorarnos es elegir brindarles la entrega total de algunos de nuestros momentos cotidianos. Es atención completa”.

La identidad es una construcción que se va dando a partir de las primeras estructuras vinculares de las cuales los niños son parte. La familia es ese primer núcleo que propicia la constitución de la identidad. Los niños son reflejo de aquel núcleo en el cual van siendo formados mientras crecen.

Los primeros vínculos van a gestar ese tipo de apego que acompañará al niño en todo su proceso de desarrollo; su mundo interno estará plagado de imágenes que serán sostén de su identidad. En su recorrido hacia la madurez, esas imágenes harán muchas veces la diferencia en la propiciación de una identidad sólida y segura.

La mirada es un elemento indispensable en la construcción de la identidad; la mirada da existencia. Somos en la mirada del otro; nos constituimos sujetos por medio de ella. Los vínculos interpersonales la tienen como herramienta intrínseca para ser desarrollados. Hablar de “la mirada” en este proceso es entenderla más allá de lo fisiológico. Mirada como esa que se da, de corazón a corazón, ligada a una escucha activa, con todos los sentidos puestos en marcha, comprometida, presente…mirar es estar, con los ojos, los abrazos y los upas interminables.

Contener es “ser continentes”; nuestros niños necesitan que podamos serlo con ellos. Continentes de sus silencios, palabras, malestares, alegrías, preguntas, dudas, miedos, quebrantos, entusiasmos y tanto más. Mirar es contener.

Cuando miramos con atención, nos encontramos un poco en ellos; y ellos adquieren las herramientas para afrontar la vida. Muchas de las inseguridades adultas tienen su base en la falta de mirada y continencia paterna, materna. La mirada como herramienta vincular no solo sostiene al niño, sino también a los padres; genera lazo, plataforma de confianza, red. ¡En ese cruce nos enriquecemos todos!

Decíamos inicialmente que la demora es un elemento indispensable en la mirada; y ¡claro que sí! Cuánto nos cuesta en estos días… demora es tiempo de calidad, es entrega en cuerpo y alma; es sentarnos; jugar, dibujar, escuchar y conocer a nuestros hijos. Demorarnos en ellos es disfrutar la plenitud del vínculo, sin urgencias, o tal vez con la única urgencia de invertir en sus vidas todo aquello que perdure, que genere recuerdos confortables que sostienen el alma.

Demorarnos es detener el tiempo en la mirada del otro.

Mirada es eso que todos podemos dar. Si faltan “cosas” pero hay mirada, está todo bien. Si “hay de todo” pero falta mirada… está todo mal.

“Mi embrión vieron tus ojos” decía el salmista, ¡claro! la mirada da existencia. Que podamos en estos días reflexionar, suspender lo urgente para demorarnos en lo importante. Mirar a nuestros hijos de tal forma que se sepan contenidos, sostenidos, escuchados, existentes, valorados…amados.