Pertenecemos a Dios y nos ha llamado a ser los administradores. No es que seamos accionistas del Reino, sino que Dios es dueño y nosotros mayordomos con facultades delegadas.
Principios fundamentales sobre la mayordomía y la fidelidad establecidos en La Palabra de Dios.
Tratar el tema económico nos obliga a aprender, o en el mejor de los casos, recordar principios fundamentales sobre la mayordomía y la fidelidad.
Mayordomía y fidelidad
Toda referencia bíblica a la mayordomía se enmarca en la relación siervo-señor (esclavo-amo). Al esclavo fiel e idóneo se le asignaba la responsabilidad de la administración de todos los recursos de su amo.
Todos los bienes son de Dios, y este principio es exaltado a lo largo de toda La Escritura (1 Timoteo 6:7, Hageo 2:8). Por lo tanto, hay un requisito previo de sujeción (Job 41:11), que debe primar sobre cualquier consideración equivocada, tal como suponer que damos a Dios porque somos buenos y generosos.
Quien iba a administrar recibía el cargo de mayordomo, que traía aparejada la obligación de dar cuenta del uso de los recursos que su amo le confiaba (Lucas 16:1-2). En muchos casos esta confianza de parte del amo llegaba al extremo de delegar en el mayordomo la educación de los hijos. Vemos que desde su génesis, la administración estuvo ligada a la formación.
Un requisito indispensable para los mayordomos era la fidelidad hacia el amo y sus instrucciones (1 Corintios 4:1-2). Según el diccionario, fidelidad es la cualidad de fiel: que no falta a la palabra dada, que cumple sus compromisos, que es firme y constante en afección, exacto, conforme a la verdad, que tiene todas las circunstancias requeridas.
Recibía el nombre de “fiel” la aguja de las balanzas romanas que marcaba el equilibrio. Era un testigo o indicador que a manera de punta de lanza señalaba un equilibrio entre dos platos cuando soportaban exactamente el mismo peso. Imagine en un plato una pesa de quinientos gramos igualada con una cantidad de grano, y el fiel es quien señala con precisión la marca de la identidad o de su falta. En el plano espiritual la identidad es entre fidelidad y verdad.Por lo tanto, la fidelidad es comparativa. Se mide contra algo definido y valorado como tal. No se es simplemente fiel, sino que se es fiel a algo o a alguien.
De esta forma, la fidelidad a Dios en sentido espiritual será la identidad, la coherencia entre lo que creo –en Cristo, su obra redentora y La Palabra de Dios– y lo que soy, entre lo que digo y lo que hago. Es un concepto práctico de la vida de relación con la presencia de Dios.
Por lo tanto, verdad o fidelidad es un concepto de relación no abstracto. La concepción paulina de la verdad es la realidad. La verdad de Cristo y la verdad de sus palabras son Cristo mismo. A diferencia del pensar griego, en La Biblia la fidelidad no es una virtud de la persona, sino una conducta que se realiza en la convivencia –práctica–, y por lo tanto está ligada al obrar o experimentar. Ser y hacer, decir y ser, son en su firmeza y coherencia la muestra de la fidelidad y de la verdad.
Pertenecemos a Dios y hemos sido llamados a ser los administradores. No es que seamos accionistas del Reino, sino que Dios es dueño y nosotros mayordomos con facultades delegadas –dones– para llevar fruto a treinta, sesenta y ciento por uno, como señala Mateo 13:8. No administramos según nos plazca sino dónde, cómo y cuándo Dios indique.
Nociones sobre el alcance de la mayordomía
La mayordomía no se limita solamente a la administración de recursos humanos, materiales y monetarios, sino que descansa básicamente en las esferas morales, emocionales y espirituales del hombre.
También puede mencionarse: la mayordomía de la creación, la mayordomía de las emociones, la mayordomía del tiempo –único elemento que pedido a alguien no podremos devolverle–.
Sin pretender atribuir un orden de prioridad, resulta necesario destacar a los fines de este estudio, la mayordomía de los talentos –habilidades– y dones: el talento es una habilidad natural con que Dios ha dotado a todos los seres humanos.
El don, por el contrario, es dado arbitrariamente por el Espíritu Santo a los miembros del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:7, 11).
La posición económica que una persona puede detentar no es reflejo necesariamente de un desarrollo del don de administración económica, si bien aquel que es sabio en la aplicación de las normas de Dios en esta área de su vida, seguramente experimentará los beneficios de estas consecuencias espirituales. Tengamos presente que el don principalmente se ministra.
Tomemos por ejemplo el caso de Abraham (Génesis 12:1-3), un hombre bendecido por Dios, que en oportunidad de su llamado recibe la siguiente promesa: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.
Es notable observar la condición de portador de bendición que Dios le confiere a Abraham. Del mismo modo la ministración consiste en dar lo que se recibe, y en tanto más puro sea en nosotros el canal del cual fluye la provisión divina –quitando lo nuestro y dejando solo lo de Dios–, más cabalmente cumpliremos con el propósito que nos es legado a ejecutar.
Mayordomía del dinero
Resulta útil reproducir aquí una interesante anécdota: “Un pastor indio, invitado especial a una reunión plenaria, con un poderoso ministerio sobre mayordomía del dinero en su país, comenzó su mensaje con estas dos preguntas, que quiero repetir aquí:
– ¿Cuál es el poder espiritual que mueve las cosas en el cielo?
– La fe… –claro que sí, es la fe la que mueve las cosas espirituales, el brazo de Dios; un corazón de fe es el corazón agradable a Dios y la puerta de entrada a su presencia.
– ¿Cuál es el poder espiritual que mueve las cosas en la Tierra?
– La oración, el clamor, el ayuno, etc. etc, etc., –gritaban entusiasmados.
Entonces dijo el invitado:
– Ustedes no entienden nada de la realidad que los circunda… es el dinero.
Tan importante es el lugar que ocupa el dinero en el aspecto espiritual, que es la única fuerza contra la cual se comparó Cristo en toda la Biblia: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).
El uso del dinero pone a prueba de modo particularísimo la sabiduría, la habilidad y la fidelidad del administrador. La revelación de Dios nos lleva a quitar de nuestro corazón el materialismo y ocuparnos del reino (Mateo 6:31-33), y más, poner nuestro corazón en Dios y no en las vanas posesiones materiales (Mateo 6:19-21). “Raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10a).
La Palabra de Dios nos enseña que la disciplina en cuanto al dinero es una clara demostración de nuestra relación con Dios. Si uno ama al dinero, según La Biblia, es un idólatra. Pero la disciplina del dinero no tiene que ver solamente con la avaricia, sino que también tiene en cuenta el despilfarro. Clamamos a Dios para que provea nuestras necesidades, sin advertir que hemos despilfarrado los recursos que Dios ya nos dio adecuadamente para satisfacerlas.
Según se interpreta en Proverbios 3:9-10, el dinero debe usarse para la gloria de Dios.
Honrar a Dios con los bienes quiere decir que los bienes en general, pueden y deben ser usados para honrar a Dios, y esto solamente es posible bajo la dirección divina y la guía del Espíritu Santo.
He aquí otra sentencia para el pensamiento a conciencia: “Dar a Dios no siempre equivale a honrar a Dios”.
Es una obligación ganar el dinero para nuestro sustento, porque es fruto de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo y de nuestras facultades mentales. Pablo dijo en 2 Tesalonicenses 3:10 que quien no trabajaba, que tampoco debía comer.
Daniel González, menciona como principios de una sana administración del dinero:
a. comprar sabiamente
b. comprar al contado
c. evitar las deudas
d. practicar el ahorro
e. presupuestar ingresos y gastos
f. ser justos y honrados
g. ser obedientes y generosos con Dios en nuestros diezmos y ofrendas.
Tomado del libro: ¿Administradores o ministradores?