Una fuerte reflexión sobre el destino que damos a nuestras riquezas. Si alguien no da a la sociedad de acuerdo con sus capacidades, no debe recibir de acuerdo con sus necesidades.
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| E. Stanley Jones |
Estos dos principios están implícitos en las Sagradas Escrituras: “Según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:45) y “de acuerdo con sus capacidades” (Esdras 2:69; compárese con 2 Tesalonicenses 3:10).
Crisóstomo, el padre de la Iglesia, dijo:
– La riqueza es común a ti y a tus compañeros de servicio en este mundo, tanto como el sol, la tierra, el aire y las demás cosas. Es importante enriquecerse sin injusticia.
La única manera de eliminar la “injusticia” de las riquezas, es dedicarlas a las necesidades de los demás.
Luego de haber dado los pasos anteriores, puedo vivir de las cosas materiales, no maldecidas sino bendecidas. Ahora lo que reservo para mí tendrá el toque de la bendición de Dios: durará más y aumentará. Lo material vendrá a ser sacramental. Será motivo de gozo en lugar de causa de temor. Recuerdo, además, la promesa: “Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario, y toda buena obra abunde en ustedes” (2 Corintios 9:8).
Ya no tengo miedo de lo material. Soy el señor; las cosas materiales, el siervo. Las cosas materiales son ahora mi siervo porque soy siervo de Cristo. Yo le pertenezco a Él y todas las cosas me pertenecen por lo tanto a mí. Yo no les pertenezco a ellas: ellas me pertenecen a mí, porque yo pertenezco a Cristo. ¡Soy libre!
Algunas ilustraciones de derrota y victoria
Un hombre rico, con una veta de mezquindad, dejó una enorme suma para el levantamiento de un monumento a sí mismo. El cuerpo del monumento fue herido tres o cuatro veces por rayos. Ahora una columna quebrada es todo lo que queda del monumento. Puede discutirse si Dios derrumbó con el rayo aquel monumento, pero si Dios no lo hubiera hecho, lo habría hecho el hombre. Porque cada vez que algún conocido del hombre miraba el monumento con gusto lo habría derribado.
Dos personas vinieron cerca del campo misionero donde estoy. Uno, un médico enfermo de tuberculosis. Era tan urgente la necesidad de médicos, que fue llevado al lado de los lechos de los enfermos para atenderlos. Tanto se interesó por la gente que siguió viviendo... ¡y cómo! Gracias a él fue creado un gran sanatorio para tuberculosos y la Fundación Trudeau. El nombre de aquel doctor es una bendición.
Otro hombre llegó a la región y se enriqueció hasta más no poder. Para añadir a su estatura un codo dejó dinero para un colegio que habría de llevar su nombre. Jamás se construyó el colegio; los abogados todavía están riñendo acerca del legado. Su nombre dejó un olor desagradable.
Un día pude sentarme junto al lecho de un alma generosa, Albert A. Hyde, de Wichita, Kansas. Hace años tomó una obligación de contribuir con un proyecto público que, por reveses de la fortuna, no podía pagar. Podía haber elegido una manera fácil de escapar del compromiso. Pero no lo hizo. Pagó su promesa y al hacerlo fue a la quiebra.
Obligado a buscar una manera de mantener a su familia, acertó con la fórmula de un ungüento curativo. Hizo un pacto con Dios y consigo mismo: dar un alto porcentaje, determinado de antemano, de sus futuros ingresos a la extensión del cristianismo a través de las misiones al extranjero. Hoy ese ungüento tiene mayor venta en el extranjero que cualquier otro ungüento estadounidense. Los misioneros lo utilizaron y lo introdujeron en el extranjero. Se difundió. Estaba respaldado por una gran consagración. Hyde y su dinero viven, son inmortales.
Oh Cristo, sé que puedes tocarme a mí y a mis ganancias y cambiarlas de muerte a vida. Te ofrezco todo lo que soy y todo lo que tengo. Úsame a mí y a lo que tengo para enriquecer a un mundo empobrecido. Tú me posees. Ayúdame a vivir bajo tu dirección y a ser un mayordomo de todo lo que me confías. Porque quiero vivir, y vivir plenamente. Amén.
Tomado del libro: El Camino (días 9 y 10 de junio) de Editorial Peniel