El siguiente es uno de los pasajes bíblicos que me han ayudado a tener una visión clara del poder que Dios nos ha otorgado para enfrentar los días de aflicción y angustia: "Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi angustia; alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; mi alma rehusaba consuelo. Me acordaba de Dios, y me conmovía; me quejaba, y desmayaba mi espíritu. No me dejabas pegar los ojos; estaba yo quebrantado, y no hablaba" (Salmo 77:1-4, RVR60). Aquí hay varios puntos que debemos detenernos a evaluar. Con leer los primeros versos, es notable que algo significativo ha pasado. Algo fuera de lo común ha hecho que este hombre saque su mirada de su condición, y levante su clamor a Dios.
El punto de desesperación
Aunque nos parezca extraño, muchos no ven su necesidad hasta que se encuentran en medio de la noche oscura. Algunos pasan por situaciones difíciles, y no se ven inclinados a actuar con urgencia. Muchos pensamos que nuestras respuestas están en la Tierra hasta que llegamos al punto donde la respuesta no está a nuestro alcance. Entonces nos damos cuenta de que solo un milagro nos puede salvar. Allí se despierta un anhelo por Dios que nunca pensamos tener. Es la desesperación del alma, la insatisfacción del espíritu que gime por su Dios. Es el quebranto lo que nos ayuda a poner nuestro corazón en la perspectiva correcta. Allí comenzamos a alinearnos con los deseos del Padre.
Cuando nos encontramos con las insuficiencias de nuestra realidad, se hace imprescindible la realidad de Dios en nuestras vidas. Dios está constantemente anhelando revelarse a nosotros. Sin embargo, no es hasta que nuestro corazón asume la postura y sensibilidad apropiadas, que podemos entrar al lugar donde podemos verle revelado a nuestra vida.
Tal vez te preguntarás: ¿Dios anhela que siempre pasemos momentos de quebranto para verle revelado? La respuesta es un rotundo no. Sin embargo, cuando hemos sido cautivados y distraídos por todo lo que tenemos delante de nosotros, nuestro corazón se torna insensible. Cuando nos olvidamos de Dios, poco a poco comenzamos a perder la sensibilidad que el corazón necesita. Nuestras prioridades comienzan a debilitarse y no nos damos cuenta. No es hasta que vemos el vino de la pasión comenzar a agotarse que comenzamos a correr. Cuando sufrimos una crisis financiera, matrimonial, personal o laboral, el corazón recuerda lo que realmente importa en esta vida. Nos hace regresar al lugar de nuestros comienzos y el anhelo por Dios se hace incesante.
Muchos esperamos vernos en situaciones adversas para comenzar a actuar como siempre debimos haberlo hecho.
Salir cuesta
Al estar en una situación adversa, muchos reconocen su necesidad y eso les hace levantar su voz a Dios en súplica. Desean que Dios les escuche y que les responda. Todo el que clama, lo hace con intención de recibir respuesta. Sin embargo, algo contradictorio sucede en algunos casos. Elevan el clamor, buscan la respuesta y cuando la reciben, se resisten a ella. Algo poderoso limita su capacidad para salir de su pesar. Aun cuando reconocen que buscan a Dios y elevan sus manos buscando consuelo, cuando la ayuda de Dios llega, se resisten a recibir lo que necesitan.
Esto me hace recordar un relato que leí en la revista Selecciones, hace un tiempo. La historia era sobre un hombre escalador que subía una montaña nevada y durante su aventura enfrentó algo imprevisto. Según el relato, una avalancha vino sobre la montaña y provocó que perdiera el control. Se salvó gracias a que quedó colgado de su soga de seguridad. Estuvo por horas allí en el aire. La neblina no le permitía ver a ningún lado y no sabía qué hacer. Horas pasaron, la noche estaba cerca y sabía que debía actuar con rapidez. Si no lo hacía, podría morir por las frías y crueles temperaturas de la noche.
Cuenta la historia que pasadas las horas se preguntó: "¿Qué hago?". En ese momento escuchó una voz que le dijo: "Corta la soga". Lo pensó, pero se dijo a sí mismo: "Si lo hago, moriré". Las horas pasaron y el alpinista decidió no hacer nada. A la mañana siguiente, los rescatistas encontraron el cuerpo muerto de aquel alpinista, colgando a solo unos metros de la superficie. Los rescatistas se miraron con asombro, pensando cómo alguien pudo haber muerto tan cerca de la planicie.
No conozco cuán real puede ser esta historia, pero a muchos nos puede suceder eso. Preferimos quedarnos inertes, aun cuando eso signifique perderlo todo o ganarlo todo, solo porque la respuesta que hemos recibido no es la que esperábamos.
Una actitud correcta abre puertas necesarias
Cuando nos enfrentamos a tiempos de tristeza y angustia, la situación que encaramos nos lleva a acordarnos de Dios. Traer a Dios a la memoria provoca el despertar de nuestra fe. Sin embargo, al levantar la voz de queja, se nubla el pensamiento y desfallece la fe. La queja es dañina, engañosa y destructiva.
El enemigo sabe cuán poderosa es una mente que recuerda que Dios está cerca y dispuesta a obrar. Eso hace que el corazón se avive en fe. Por eso, si olvidamos lo que Dios ha hecho, nos sentiremos olvidados por Dios. Si sentimos que Dios se olvida de nosotros pensaremos que no tenemos razones para seguir luchando, y nuestra pasión y fe se encontrarán de brazos caídos. Al ver las adversidades que vivimos, nos sentimos incapaces de enfrentar lo que tenemos delante, y ahí viene el momento de la decisión. ¿Mantendremos una actitud correcta o una que debilite nuestra fe? ¿Tendremos la capacidad de ver más allá de lo que tenemos delante o se rendirá nuestro corazón? ¿Le daremos lugar a la actitud de agradecimiento o a la queja? Yo creo, es más, ya puedo ver que hoy se levantan corazones dispuestos a darle lugar a una actitud de agradecimiento en su corazón.
La queja es una de las armas más poderosas que el enemigo tiene para debilitar nuestra pasión por todo lo que nos rodea: la familia y lo que un día amamos con todas nuestras fuerzas. Si deseas debilitar tu amor por algo, comienza a quejarte. Si deseas fortalecerlo, empieza a afirmar con palabras de amor y agradecimiento lo que deseas fortalecer.
El lamento engrandece las debilidades, limitaciones y nos distorsiona la realidad. Nos da un sentido de impotencia y pequeñez. Desde ese punto, nunca vemos cómo podemos resolver los problemas que enfrentamos. Al quejarnos, nuestra mirada se quita de Dios y se enfoca solo en el problema. La queja levanta un altar a los problemas y situaciones, pues ponemos las debilidades, barreras y circunstancias como centro de nuestra vida. No vemos soluciones, solo impedimentos. Ella te hace olvidar lo bueno que has vivido y todo lo que Dios ha hecho en tu vida. Quejarnos nos pone a nosotros como centro de la vida y desde allí nada se ve objetivamente. Nos ponemos en el rol de víctima. Aquellos que asumen ese rol nunca se sentirán con la capacidad de salir de sus situaciones.
El silencio
En muchas ocasiones, el silencio podría ser una señal de prudencia, fortaleza interna y madurez. Sin embargo, si nos vemos callados en un momento donde hablar se hace necesario y podría ser vital, el silencio se convierte en señal de flaqueza.
En tiempos de dolor y angustia, vemos a muchos siguiendo la tendencia natural de aislamiento y silencio. Parece que nos hace bien quedarnos callados, y aunque el alma aparenta sentirse satisfecha en ese estado, podría convertirse en un momento peligroso. No hay duda de que retirarnos a un lugar donde solo tengamos silencio nos da un sentido de escape y seguridad. Sin embargo, para salir de donde estamos, necesitamos enfrentar la realidad que vivimos.
El hablar en el tiempo oportuno nos ayuda a organizar nuestros pensamientos, aclarar la visión y hallar dirección. El silencio puede convertirse en el mejor huerto para las dudas internas, tristezas, asuntos sin resolver y desaliento. Por eso, se hace necesario e imperativo que aprendamos a comunicarnos el día en que sentimos debilitarse nuestra pasión y fe.
Debemos aprender a comunicarnos con Dios. Si sientes que tu corazón desfallece, no hay mejor lugar para derramar tu corazón que en la presencia de Dios. Si sabes que necesitas expresar tus preguntas y dudas, ve y corre a la presencia de Dios, y atrévete a hablar tal y como lo sientes.
Tomado del libro: Si acaso se me olvida de Casa Creación