Cuando el Señor le dio a su pueblo los Diez Mandamientos y un cuerpo complejo de leyes para gobernar su nación, pensó en algo mucho mayor. El pueblo hebreo era un instrumento escogido en un gran plan para redimir al mundo de las consecuencias eternas del pecado. Los descendientes hebreos de Abraham iban a ser una nación de sacerdotes, un reino gobernado por Dios y el medio a través del cual otras naciones podrían llegar a conocerlo. Se iban a convertir en la voz de la verdad de Dios en el mundo, al enseñar sus caminos e ilustrar esa verdad a través de la vida cotidiana (Deuteronomio 6). Por último, le habrían de entregar al mundo un Salvador, al cual llamarían Mesías.
Más allá del propósito práctico y temporal de formar una nación y guiar a su gente, Dios entregó su ley a la humanidad para cumplir un propósito eterno: confrontar nuestro pecado y demostrar nuestra necesidad de un Salvador. Como explicaron luego los escritores del Nuevo Testamento: Dios no nos dio la ley para hacernos buenos. Nos la dio para exponer nuestro pecado. Desde el inicio Él sabía que la humanidad no guardaría ni podría guardar perfectamente su ley, aun reducida a diez reglas simples de conducta. Por tal razón hizo provisión dentro de la ley para aquellos que violaran sus mandamientos. Dentro de la ley encontramos instrucciones para la restitución cuando un israelita, con intención o sin ella, dañaba a un conciudadano. Hallamos castigos específicos para ciertas infracciones de la ley; nuevamente, infracciones con intención o sin intención. La ley incluye un detallado sistema de sacrificios a través del cual los pecadores podían arrepentirse de su maldad, encontrar perdón y restaurar su relación rota con Dios. Nuevamente, desde el inicio Dios conocía que la humanidad no siempre lo hacía correctamente. Por eso la ley, junto con el sistema de sacrificios, expuso los corazones pecadores de su pueblo y se mantuvo como un recordatorio constante de su necesidad de gracia. Aun aquí encontramos la gracia divina dentro de la ley de Dios, pues esta no simplemente condenó el pecado sino que incluyó instrucciones para reparar la falta.
Cada uno de los sacrificios prescritos se convertía en un ejemplo útil para el adorador, que tenía que ofrecer el mejor animal del rebaño, uno sin mancha ni defecto. Esto les recordaba a los israelitas que el pecado es gravoso y que alguien carga siempre con las consecuencias de las decisiones pecaminosas. Eso también les enseñaba el concepto de sustitución: la idea de que un sacrificio ideal e inocente podría cargar el castigo del pecado por otro. El sacrificio le aseguraba al pecador que una vez que él expiaba su pecado, Dios nunca se lo recriminaría en el futuro. La ley confrontó a la humanidad tanto con la seriedad del pecado como con la profundidad de la gracia de Dios.
El valor de los Diez Mandamientos para las naciones no judías radica en la aleccionadora realidad de que todos los gobiernos rigen con permiso, sujetos al poder soberano de un Legislador todopoderoso ante el que tienen que responder. Por tanto, la responsabilidad de cada nación, de acuerdo con Dios, no es crear la ley sino descubrirla. Dios le dio a Israel leyes específicas para obedecer que no serían apropiadas para nuestros días. Muchas de esas leyes tratan asuntos que ya no existen. En cambio, los gobiernos tienen la responsabilidad de descubrir la manera en que Dios proyectó que la gente viviera en comunidad, de modo que nuestros estatutos específicos se puedan conformar a su patrón perfecto de la condena humana. Solo cuando los gobiernos descubren y abrazan la ley de Dios pueden mantener a sus naciones seguras a la vez que no se pisotea la libertad.
A medida que usted considera el contexto en el cual se entregaron estas leyes, es fácil percibir que estas no se diseñaron para excluir a Israel de algo bueno. Se diseñaron para proteger la integridad de sus relaciones. En este sentido, estas fueron leyes que reflejaron la gracia de Dios para con su pueblo. Estas leyes no surgieron en contraste con su gracia. Como todos los mandamientos de Dios, ellas se entregaron para socorrer a su pueblo en su vida de gracia.
En la entrega de la ley, ocurrió algo interesante que ilustra más aún la relación entre la ley de Dios y su gracia. La Biblia nos dice que cuando Moisés descendió de la montaña con la ley de Dios, la naturaleza respondió de manera violenta. Comprensiblemente, esto asustó al pueblo de Israel. Sin embargo, noten la respuesta de ellos: "Ante ese espectáculo de truenos y relámpagos, de sonidos de trompeta y de la montaña envuelta en humo, los israelitas temblaban de miedo y se mantenían a distancia. Así que le suplicaron a Moisés: ‘Háblanos tú, y te escucharemos. Si Dios nos habla, seguramente moriremos’" (Éxodo 20:18-19).
"¿Dónde está la gracia en esto?", usted se preguntará. Aun cuando parece muy desagradable, incluso la gloria aterradora de Dios fue una expresión de su gracia. Cuando el pueblo tembló al pie del monte Sinaí, que retumbaba, humeaba y relampagueaba en un despliegue asombroso de la presencia de Dios, Moisés les reaseguró: "No tengan miedo. Dios ha venido a ponerlos a prueba, para que sientan temor de él y no pequen" (Éxodo 20:20).
Este aterrador despliegue de poder, entonces, fue para el bienestar de su pueblo. Los israelitas no tenían experiencias vividas respecto a las consecuencias de la desobediencia personal o nacional. Israel era ingenua como un niño. Para ellos no había manera de llegar a comprender lo que el pecado podría hacer en una nación infante. No había manera para ellos de entender el peligro de mezclarse en matrimonio con las naciones paganas que los rodeaban. No podían percatarse del peligro agravante de las deudas financieras. Todo era campo nuevo. Aunque ni pudo aprovechar la experiencia de ellos, Dios se valió de su poder abrumador para asustarlos a fin de que se sometieran. ¿Le parece inapropiado? A mí no. Cuando era niño, en muchas ocasiones mi padre puso el temor llamado "papá" en mí. Yo no temía las consecuencias naturales de las actividades prohibidas. ¿Cómo podría?, era un ingenuo. ¡Ah!, pero les aseguro que temía las consecuencias paternales y eso me mantuvo alejado de mucho problemas. Reflexionando en el pasado, podría poner eso en la lista de la gracia.
Quizá para este momento ya estén haciendo la conexión. Lo que fue cierto para Israel lo es igualmente para usted y para mí. La ley de Dios, como se reiteró en el Nuevo Testamento, es una extensión de su gracia para con nosotros. Sus mandamientos no contrastan con la gracia. Se entregaron por la gracia. Dios ha provisto su ley para capacitarnos a fin de mantenernos libres del pecado y sus consecuencias. ¿No es cierto que sus mayores arrepentimientos se habrían evitado si usted hubiera optado por obedecer en lugar de desobedecer la ley de Dios? ¿No es verdad que usted sería libre de ciertos recuerdos dolorosos y vergonzosos?
Si reflexionamos, es muy fácil ver que la ley de Dios está en el centro de su gracia. Es en el momento de la tentación que esta verdad poderosa se escabulle.
En ese momento, al igual que Adán y Eva e Israel, abrazamos la mentira de que Dios trata de mantener algo bueno fuera de nuestro alcance, de que está en contra nuestra y no a favor. Si en esos momentos pudiéramos ver esas prohibiciones como expresiones de la gracia liberadora y protectora de Dios, quizá opondríamos menos resistencia y nos someteríamos más; como resultado, le permitiríamos a la gracia que hiciera su trabajo en nosotros, ¡y seguiríamos siendo libres!
Tomado del libro: La gracia de Dios de Grupo Nelson