Hay momentos en los que nos enfrentamos a tormentas y momentos de desesperación. Y aunque quizá no nos causen sumo agrado, puede que el Maestro aguarde para realizar un milagro. Tenemos una misión que requiere cruzar hacia el otro lado.
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| Juan Carlos Manzewitsch |
Cuando abordamos el tema del temor del Señor nos estamos refiriendo a algo subjetivo, más que objetivo. Estamos discurriendo acerca de una persona. Alguien que no puede ser conocido con los esfuerzos lógicos de la mente humana, sino que se exige revelación e iluminación para madurar y crecer en relación con el temor de Dios.
Pablo, al dirigirse a los corintios, con toda razón señalaba que "conocemos y profetizamos de manera imperfecta, pero cuando llegue lo perfecto [Dios], lo imperfecto desaparecerá". El niño habla como tal, piensa como tal y juzga como tal, mas cuando es hombre deja atrás lo infantil (ver 1 Corintios 13:10-11). El texto de Gálatas 4:2 nos enseña que entre tanto que uno es niño en las cosas del Señor, "está bajo el cuidado de tutores y administradores".
Este camino hacia la madurez es por donde Jesús, como el divino tutor, llevó a sus discípulos para que lo conocieran y experimentaran lo que su presencia produce: verdadero temor del Señor.
Marcos 4:35-41 nos relata que aquel había sido un extenuante día. Jesús había estado enseñando junto a los suyos y la gente se agolpaba para escucharlo. Al anochecer, en vez de enviarlos a descansar, determinó que debían ir al otro lado del mar de Galilea. Para una mente razonadora, esta decisión era irresponsable y arriesgada. La ingeniería marítima de la época no era tan desarrollada como lo es hoy, y zarpar en la oscuridad por aguas conocidamente peligrosas parecía una locura.
El mar de Galilea está a ciento ochenta y tres metros por debajo del nivel del mar Mediterráneo, por lo que predomina en él un clima tropical, rodeado de grandes cadenas montañosas. Esta situación geográfica hace que el aire frío descienda de las elevadas montañas hacia la depresión caliente del lago, provocando muy frecuentemente repentinas y violentas tormentas. Aun en medio de tales circunstancias, el Señor resolvió que pasarían a la otra ribera.
Pasar al otro lado
Una de las incontables diferencias entre la mente del hombre y la de Dios es que la primera solo puede conocer el pasado, pero el Señor además conoce el presente y el futuro. El Maestro tenía un propósito para tal aventura. Jesucristo no solo se proponía probar la fe de aquellos navegantes, sino que además deseaba elevarlos a una mayor y fresca revelación de su persona, obsequiándoles un nuevo sentir del temor de Dios. Por eso, al final de la travesía se preguntaron: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?". Estaban asombrados ante un Jesús que no habían conocido en tal magnitud, y deslumbrados por un sentimiento que hasta entonces no habían experimentado. Un gran temor.
Estoy seguro de que algunos querríamos una revelación más intensa de Dios. En la Iglesia de hoy, oramos, predicamos y esperamos por un gran avivamiento que sature nuestra nación y comunidad. Pero de lo que no me convenzo es de que estemos dispuestos a "pasar al otro lado", o sea, a dejarnos llevar, así como los discípulos, a un nuevo nivel del conocimiento del Señor y de sus caminos. Pasar al otro lado representaba una gran transición, y como tal era muy crítica, pero necesaria. Comúnmente, las evoluciones en su naturaleza son difíciles, confusas y, a veces, dolorosas. La incertidumbre nos asusta y el miedo a lo desconocido nos hace conformarnos con lo que tenemos. De ahí el dicho: "Más vale malo conocido que bueno por conocer".
Cada vez que Dios va a hacer o derramar algo nuevo, nos llevará por el proceso inevitable de la transición, y generalmente, cuando esto ocurre, no entendemos el propósito de la misma hasta haberla atravesado. Así sucedió con el apóstol Pedro cuando fue liberado de la cárcel por el ángel en una manera milagrosa, aunque riesgosa. Solo después de haber salido, al pasar por una calle, y luego de que el ser celestial se había apartado de él, recién entonces Pedro volvió en sí, y dijo: "Ahora entiendo verdaderamente" (Hechos 12:11, RVR60). Hasta entonces pensaba que todo era solo parte de una visión, o quizás de un sueño, sin alcanzar a comprender la voluntad de Dios obrada través del proceso de su liberación.
Si nos rendimos y maduramos en el Señor, quedaremos asombrados de la dimensión fresca y renovadora a la cual entraremos. De lo contrario, permaneceremos en formas obsoletas y estériles, defendiendo paradigmas y esquemas que un día funcionaron, pero que hoy son solo cenizas de un fuego extinguido. Lo que divinamente comenzó como un movimiento, finalmente acabará como un monumento.
En el libro Ventanas abiertas se relata la siguiente historia que puede ayudarnos a captar con más certeza lo que quiero transmitir: "La esposa de uno de los zares de Rusia, a quien le fue regalada una mata de rosas de una fragancia sin igual, mandó sembrarla en uno de los jardines de su palacio; pero temerosa de que alguien se la robase, dispuso que se montara una guardia permanente para velar por ella. La mata prendió y al cabo de poco tiempo empezó a dar rosas. Pasaron años y más años, hasta que al fin la mata murió, y no fue sustituida por otra. Un siglo después, sin embargo, la guardia permanecía en su sitio. Llegó un momento cuando se preguntaban: "¿Por qué se mantiene la guardia?". Buscaban información en uno y otro lugar, pero nada lograron encontrar que contestara la pregunta. Mientras tanto, allí seguía la guardia".
Es hora de dejar de montar guardia sobre los recuerdos de las experiencias de un pasado que solo sirven para mantener la memoria colectiva, pero no para ser usado como un combustible que genere la energía que se requiere en el presente espiritual. Necesitamos un fresco encuentro con Dios. Usemos los principios aprendidos ayer para buscar una nueva experiencia hoy.
El Todopoderoso, aun en su inmutabilidad, es un Dios de diversidad y cambios. Sus principios permanecen indemnes a través delas edades, pero, en ocasiones, Él mismo decide alterar su manera de obrar. El Señor es y siempre será el mismo en su naturaleza, pero le place hacer las cosas a su modo y discreción. Lo que le agradó usar hoy, quizás mañana lo deseche. Los métodos e instrumentos que un día fueron grandemente aplicados y respaldados por Él, es probable que más adelante decida modificarlos. Lo difícil para nosotros es comprender la innovación que el Señor estipula conveniente realizar, y mantenernos flexibles ante el cambio. Pareciera que aferrarnos al pasado y a lo que consideramos bueno y seguro es una actitud inherente a la naturaleza humana. Es más, aun me atrevo a afirmar que caemos en una suerte de idolatría, rindiendo culto y pleitesía a una forma, herramienta o vaso que fue usado prósperamente por Dios un día, antes que al diestro Maestro que lo utilizó.
Se dice que cada siete años toda la estructura del cuerpo se renueva. Aunque el cuerpo está constantemente cambiando, la individualidad permanece igual. La regeneración por el Espíritu Santo no destruye la responsabilidad individual. Sin embargo, a cada momento de nuestra vida estamos echando fuera lo viejo y revistiéndonos de lo nuevo. Esta es la ley de una vida biológica sana. Es también la ley de una vida espiritual sana. Por esto reza el dicho: "Renovarse es vivir".
Así fue el caso del pueblo de Israel casi al final de su éxodo por el desierto. El texto de Números 21:4-9 nos relata acerca de cómo Dios instruyó a Moisés a levantar una serpiente de bronce y ponerla sobre un asta, para que cuando una víbora ardiente enviada por Dios para juzgar el pecado del pueblo mordiera a alguno, al mirar la de bronce, el transgresor no muriera. En principio, esa serpiente de metal fue el instrumento que Dios usó poderosamente para traer salvación al pueblo. Fue tan notable la forma en que Jehová actuó allí, que aun Jesús, cientos de años después, citó el incidente como una analogía propia. Lo triste de la historia aparece en 2 Reyes 18:4, cuando Ezequías, el ejemplar rey de Judá, hizo pedazos el estandarte de bronce porque hasta entonces (más de setecientos años después) los hijos de Israel le quemaban incienso.
Si aspiramos conocer más íntimamente al Señor, así como entrar en un nuevo nivel de relación y temor hacia Él, es importante desprendernos y despojarnos de aquellas estructuras, rituales y patrones obsoletos que hoy ya no están en la operatividad de Aquel quien desempeña la divina labranza en su viña. Más bien, aferrados a los principios eternos e inconmovibles del Señor, debemos rejuvenecernos en nuestros criterios y paradigmas para así comprobar cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
Confía, Él está en la barca
Regresando al relato de Jesús y los discípulos en la barca, advertiremos que el Maestro no solo los envió al otro lado, sino que también estableció la dirección y destino de la transición. Si Él ordenó ir a la otra orilla, es porque inexorablemente allí arribarían. Jesús no dijo: "Vamos mar adentro y luego veremos qué hacemos". Al declarar que alcanzarían el otro lado no existía oposición alguna que pudiese detener o frustrar sus designios. Él no trata con nosotros o nuestros ministerios como "pruebas piloto" experimentales. Si Dios te llama, es con un propósito definido.
Cuando no obedecemos su llamado, por más desafiante que este parezca, muchas veces somos excluidos de su plan y voluntad, y finalmente vivimos estancados en nuestro conocimiento del Señor y de su obrar. Si los discípulos hubiesen tenido un cabal conocimiento de quién estaba durmiendo en la barca, también se hubiesen acostado a dormir. Fe no es tener autoridad para calmar la tormenta, es tener la confianza para dormir en medio de ella. Esta sustancia espiritual que mueve montañas solo viene cuando verdaderamente conocemos al autor y consumador de la misma.
Para alcanzar este nivel, imitemos la conducta de los apóstoles en esas circunstancias: "... se fueron con él en la barca donde estaba" . Se aseguraron de que el Señor estuviera con ellos en ese difícil e incomprensible reto. Lo tomaron sin esgrimir argumentos ni excusas. Su presencia en medio de las pruebas y las crisis es nuestro descanso. Si podemos garantizar su presencia en el barco de nuestra vida, matrimonio o ministerio, entonces habremos previsto el destino victorioso y pleno de la aventura, aun cuando nuestra fe sea probada.
La exhibición de su presencia
Es inútil aspirar a conocer el temor de Dios excluyendo su presencia. Uno está intrínsecamente ligado al otro. Los apóstoles llegaron a este entendimiento luego del arriesgado recorrido. Es inevitable que nuestro caminar por las sendas por las cuales al Señor le place llevarnos esté caracterizado por "peros" que interrumpen la monotonía. Los discípulos parecían navegar obedientes y confiados. "Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él [Jesús] estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal" (Marcos 4:37-38, RVR60). En la sinopsis de Mateo de esta misma historia, la palabra griega usada para "tempestad" implica un tornado.
Hay mucha controversia sobre si el diablo puede o no afectar los agentes climáticos, acerca de lo cual yo creo que sí, ya que si este tornado no hubiese tenido su origen en el príncipe de la potestad del aire, entonces el Señor no habría reprendido al viento causante de la tempestad. De una cosa no deberíamos dudar, y es que Satanás echará mano de lo que esté a su alcance para tratar de detener lo que Dios está haciendo. Él intentará desanimar nuestra persistencia para seguir adelante. Si el diablo hubiese podido frustrar el destino de esa barca, entonces habría hecho parecer a Jesús como un mentiroso e irresponsable engañador.
Cuántas veces emprendemos nuestro camino hacia lo que creemos que Él nos invita, pero al enfrentarnos a las pruebas y ataques del enemigo sucumbimos en nuestro intento y nos volvemos atrás. Así el adversario logra someternos a la miseria y el temor humanos, anclándonos en un puerto de desánimos y esterilidad. Pienso en cuántos, algunos de ellos líderes y pastores, en un principio tomaron el desafío y asumieron los riesgos de abrazar aquello nuevo con lo que Dios estaba obrando, pero su vulnerabilidad a los dardos de fuego del maligno, envenenados con desánimos, temores, legalismos o religiosidad, les llevó a claudicar en esta innovación.
Esa barca estaba llena de marineros extenuados y al borde del naufragio, entre amenazantes olas de un mar embravecido y un viento que parecía despiadado e implacable. Cualquiera hubiese opinado, en su mejor apreciación, que con ellos no navegaba el mismo Hijo del Todopoderoso. Lo particular de la circunstancia hacía especular en un descontrol total. Pero, ¿estaba o no Jesús en esa barca? ¡Claro que sí! Aunque Él no se había manifestado, solo dormía escondido en su humanidad sobre un cabezal, como acurrucado en la omnipresencia de su Padre.
A menudo las vicisitudes que sacuden nuestro navegar nos hacen creer que Dios no viene con nosotros. Generalmente, aunque no percibamos su presencia, esto no significa que Él no esté en medio de nosotros. El Señor prometió estar todos los días, hasta el fin del mundo, pero jamás hizo voto de que siempre se manifestaría dejándose sentir. Es por esta razón que debemos contar como un enorme privilegio las oportunidades en que experimentamos su presencia.
Ante la necesidad de arrojar más luz sobre este punto, es importante reconocer e identificar las dimensiones que existen en la exhibición de la presencia de Dios. Hoy reconozco tres niveles: su omnipresencia, su presencia manifestada y su presencia revelada.
1. Su "omnipresencia" es uno de los atributos, en virtud del cual el Altísimo llena el Universo en todas sus partes y está presente en todo lugar al mismo tiempo. De este nivel me ocuparé en el próximo capítulo. El rey David claramente resalta esta naturaleza divina en el Salmo 139:9-12. Algunos solamente conocen este nivel de la presencia del Señor, y dan lugar a un escenario que contrasta preocupantemente. Si aceptamos que Dios está en todas partes y su omnipresencia alcanza aun los centros de pecado dentro de los cuales nadie se puede esconder de sus ojos escrutadores, y este es el único ámbito de su manifestación que admitimos, entonces quedaríamos enfrentados a la dolorosa verdad de que en nuestras iglesias y ministerios no hay más presencia del Señor que la existente en las calles y antros de maldad.
2. Ahora bien, la "presencia de Dios manifestada" es cuando Él mismo se deja sentir y percibir en un lugar o en una persona. Aquí entramos en un nivel de "experiencia". En tales circunstancias, todo nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo) es consciente de que el Invisible está presente. Es a través del Consolador que podemos sentirlo. Muchas veces, en este rango, las personas se percatan de tal realidad a través de remarcables vivencias sensitivas y extrasensoriales, las cuales aparecen como evidencias de esa presencia manifestada. Pueden ser visiones, éxtasis, conmociones, quebrantos emocionales, etcétera. La participación en estos momentos, en muchas ocasiones, deja un sentir de bendición y bienestar en alguna área de nuestro ser. En su obra La era de la electricidad, Park Benjamin nos explica cómo alrededor del polo de un imán existe un extraño medio denominado "campo de fuerzas", en el que hay tensiones, atracciones y repulsiones, como si una hueste de seres infinitésimos estuviera operando. Esta misteriosa, pero real y poderosa influencia del imán es un verdadero símbolo de aquella presencia manifestada. Históricamente, la manifestación de la presencia del Señor ha sido un factor motivador de fuertes críticas por parte de escépticos que se han mantenido ajenos a la misma y en cuyas estructuras teológicas y doctrinales esta experiencia no ha encontrado cabida. El Nuevo Testamento arroja múltiples ejemplos de este particular nivel de su presencia, entre los cuales emerge el innegable día de Pentecostés.
Al estar todos unánimes juntos, de repente vino del cielo un estruendo, como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados. En ese momento hubo apariciones de lenguas como de fuego. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas. La manifestación del Espíritu desembocó en un gran estruendo y algunos se comportaban como si estuvieran ebrios, provocando reacciones encontradas entre el público, ya que mientras unos estaban maravillados y perplejos, otros estaban atónitos y confusos, mostrando una actitud de burla.
3. Por último, he podido notar un nivel más profundo, el cual he denominado su "presencia revelada". Esta esfera toma lugar dentro de la dimensión anterior, aunque va mas allá de advertir que Dios está presente. Implica en sí una acción en nuestra voluntad y espíritu que experimenta la esencia misma de aquella divina persona presente, seguida de una obra tal en nuestro ser que deja en nosotros la estampa eterna de la imagen y carácter de Aquel a quien experimentamos.
Pablo les dijo a los corintios en su segunda carta (3:17-18) que donde estaba presente el Espíritu del Señor, allí había libertad. Consecuentemente, todos nosotros podemos mirar a cara descubierta la gloria del Señor y ser transformadosde gloria en gloria, reflejando como espejos la imagen de quien en ese momento nos está impactando con su presencia. En este nivel no es suficiente solo saber que Dios está, debemos salir al encuentro de Él.
Si no permitimos que la presencia divina actúe dentro de nosotros en una forma radical, solo habremos tenido un bonito momento, quizás disfrutando de una bendición temporal, emocionados con la dulce atmósfera que se produce cuando Él se acerca.
Personalmente, vivo muchas veces esas etapas en mi vida y ministerio. Atestigüé desde niño de centenares de creyentes estando semanalmente en reuniones donde Dios se manifiesta. Aun los he visto disfrutar de las bondades que esta presencia acarrea. Pero también he podido constatar, al pasar de los años, que en muchos de ellos no han permanecido los efectos y frutos eternos que se originan cuando esa presencia se hace más que manifiesta, y se convierte en una presencia revelada en nuestro ser.
Jacob conoció la presencia de Dios manifestada en Betel pero, sin embargo, fue luego, en Génesis 32:22-32, que tuvo una experiencia con el Señor cara a cara. Allí, el Poderoso determinó cambiar su nombre y naturaleza, de Jacob (suplantador) a Israel (príncipe con Dios). Esa promesa se haría efectiva algunos años después en El Betel. En aquel primer paraje de Betel, que significa "casa de Dios", Jacob lo sintió como nunca antes, pero fue más adelante en el altar de El Betel (que se traduce como "el Dios de la casa de Dios") que el Señor le reveló su nombre (El Dios omnipotente). Es en este punto de revelación (Génesis 35:11) donde la promesa de transformación recién se cumplió. Resulta indiscutible en este contexto que una cosa es conocer la casa de Dios (Betel) y otra muy diferente es conocer al Dios de la casa (El Betel). Una cosa es que Dios se muestre como un ángel (Peniel), otra es que Él se revele como El Shadai, tal como sucedió en El Betel. Peniel solo fue una experiencia intermedia. Fue una firme promesa, que se hizo realidad años después, en Génesis 35:9-10.
Una revelación mayor
De regreso a la escena de Jesús y sus discípulos en alta mar, vemos que Él dormía sobre un cabezal, cuando de repente lo despertaron para reprocharle: "¡Maestro! (...), ¿no te importa que nos ahoguemos?". ¿Crees por algún momento que Jesús descuidaba a los suyos? Yo intuyo que no solo tenía todo bajo control, sino que desde un principio estaba completamente al tanto de lo que sucedía, pues Él siempre sabía todas las cosas. Aun más, estoy convencido de que la actitud del Señor fue intencional, de tal manera que proyectaba poner a prueba la fe de sus discípulos para guiarlos a una revelación mayor de su persona. Al mismo tiempo, pretendía provocarlos a ir en busca de su auxilio. A Dios le agrada que corramos hacia a Él y le roguemos por su manifestación. A los que se encontraban en la barca no les fue suficiente saber que el Maestro estaba con ellos, pues la situación llegó a un clímax en donde la intervención del Señor se hizo una necesidad imperativa.
Esta actitud de aparente indiferencia del Salvador, muy a menudo conllevaba un propósito, como una antesala de su manifestación.Por ejemplo, en el caso de la mujer cananea, la simulada indolencia del Señor llevó a que ella diera voces a espaldas de Jesús. También la impulsó a postrarse delante de Él en busca del obrar de un Cristo manifestado en favor de su hija endemoniada. La misma aparente apatía del Señor provocó que el ciego Bartimeo clamara a gran voz, hasta ser traído a su presencia para recibir sanidad. Y con los dos discípulos que iban camino a Emaús, Jesús hizo como que iba más lejos, incitándolos así a que lo obligaran a quedarse con ellos para luego abrir sus ojos espirituales.
Su presencia manifestada en nuestra vida y ministerio debe ser una exigente necesidad más que una alternativa. Si buscamos con ahínco que Él se manifieste, habremos puesto delante de nosotros y de muchas otras vidas la oportunidad gloriosa de su revelación transformadora y poderosa. El solo poder de su presencia en acción detiene el avance del enemigo y altera las circunstancias desfavorables. Cuando Jesús se manifestó levantándose de su descanso, reprendió al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cálmate!". Y cesó el viento y se hizo grande bonanza. Él puede cambiar el rugir de un tenebroso huracán por el silbo apacible y delicado de su presencia. También Dios puede hacer que el bramar de las aguas se convierta en una próspera y estable bonanza. Es curioso que la palabra "bonanza" en los diccionarios de la lengua española sea figurativa de prosperidad. Luego vino la corrección del amado Maestro. Si esta hubiese llegado durante la tormenta y la desesperación, quizás hubiese provocado desánimo, pero cuando Él habla en medio de la bonanza, sus palabras son vida y luz, y su presencia es como bálsamo para las heridas.
La travesía termina con su presencia revelada, franqueándose paso con una pregunta: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?". Cuando Jesús estaba en la popa durmiendo y los discípulos obraban en sus propias fuerzas para salvar la barca, pareciera que inspiraban la pregunta: "¿Quién soy yo?" o "¿Cuánto puedo yo?", pero cuando su presencia satura un lugar hay un solo asunto que cabe: "¿Quién es Él?". El "otro lado" para los discípulos significó una revelación a estrenar de la persona del Maestro. Pero este nuevo nivel del conocimiento de su Señor no llegó desguarnecido, sino que vino precedido de un "gran temor", según refrenda el versículo 41 de Marcos 4.
Algo semejante a las leyes de la naturaleza se ve a veces en marcha en el mundo espiritual, explicaba un predicador. ¿Por qué las lluvias refrescantes del cielo jamás caen sobre el gran desierto arenoso? Los expertos deducen que cuanto más estéril es la superficie y mayor el grado de calor adquirido por la arena, tanto más altas subirán las nubes, y más difícil será la precipitación de sus vapores. 
La vida destituida del temor de Dios da lugar al calor de nuestra energía carnal, alejando la chance de una revelación de la persona de Cristo Jesús. Si anhelamos conocerlo más, debemos estar dispuestos a ser llevados por el Señor a un nuevo nivel de su revelación y su temor. Cualquiera sea el precio, bienvenido sea.
Tomado del libro: La realidad de su presencia de Editorial Peniel