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Vida Cristiana
 
¿Qué es lo que vio Él?
Dic | 2011 (GMT-3)

Cuando Jesús estuvo en la Tierra escogió a doce personas que estuvieron con Él durante todo su ministerio. ¿Cuál fue la razón que lo llevó al Señor a optar por esos hombres y no por otros? Aquello que vio Jesús en sus discípulos puede ayudarnos a entender ciertas cuestiones.
Philip Yancey
Philip Yancey

Como ha comentado Elton Trueblood, todos los principales símbolos que Jesús utilizó poseían una característica dura, casi ofensiva: el yugo de la carga, la copa del sufrimiento, la toalla de la condición de siervo, la cruz de la ejecución. "Calcula el costo", dijo Jesús, justa advertencia a quienes se atrevieran a seguirlo.

Un rabino moderno de nombre Jacob Neusner, el estudioso más destacado del judaísmo de comienzos de la era cristiana, escribió uno de sus quinientos libros Un rabino habla con Jesús. Neusner tiene gran respeto por Jesús y por el cristianismo, y admite que su enseñanza, como el Sermón del Monte, lo deja "impresionado y conmovido". Hubiera despertado suficiente interés en Él, dice, como para unirse a la multitud que seguía a Jesús de un lugar a otro, deleitándose en su sabiduría.

En última instancia, sin embargo, Neusner concluye que se hubiera apartado del rabino de Nazaret. "Jesús da un paso importante en la dirección equivocada", dice, "al transferir el énfasis del ‘nosotros’ como comunidad judía a un ‘Yo’". Neusner no podía aceptar el cambio de la Torá a Jesús mismo como autoridad principal. "El desacuerdo se da en la persona de Jesús, y nunca en sus enseñanzas… Al final el maestro Jesús exige algo que solo Dios exige". Con todo respeto, Neusner se aleja, incapaz de dar ese salto de fe.

Neusner tiene razón en que el contenido de la enseñanza de Jesús no encaja para nada con el modelo de otros rabinos, para no mencionar a maestros itinerantes como Confucio o Sócrates. No trataba tanto de buscar la verdad sino de señalarla, señalándose a sí mismo. En palabras de Mateo: "... porque les enseñaba como quien tenía autoridad, y no como los maestros de la ley" (Mateo 7:29). Los maestros de la ley trataban de no dar opiniones personales, basando sus observaciones en Las Escrituras y en comentarios aprobados. Jesús daba muchas opiniones personales y utilizaba La Escritura como comentario. "Ustedes han oído que se dijo… pero yo les digo…" fue su muletilla dominante. Él era la fuente, y al hablar no hacía distinción entre sus propias palabras y las de Dios. Sus oyentes entendieron la implicación con toda claridad, incluso al rechazarla. "Este blasfema", decían.

Audaz, Jesús nunca retrocedió ante un conflicto. Se enfrentó con quienes lo interrumpían y con mofadores de todas clases. En cierta ocasión detuvo a una multitud que quería lapidar a una mujer adúltera. En otra, cuando los soldados fueron a detenerlo, tuvieron que regresar con las manos vacías: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!", dijeron impresionados ante su presencia. Jesús incluso dio órdenes directas a demonios: "Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más". (es interesante que los demonios nunca dejaron de reconocerlo como "el santo de Dios" o "el Hijo del Altísimo"; quienes pusieron en duda su identidad fueron los seres humanos).

Las afirmaciones de Jesús acerca de sí mismo ("Yo y el Padre somos uno"; "Tengo el poder de perdonar pecados"; "Reconstruiré el templo en tres días") no tenían precedentes y le causaron constantes problemas. De hecho, sus enseñanzas estaban tan entrelazadas con su persona que muchas de sus palabras no pudieron sobrevivirle; las grandes reivindicaciones murieron con Él en la cruz. Los discípulos, que lo habían seguido como maestro, regresaron a sus anteriores formas de vida, comentando con tristeza: "Nosotros esperábamos que Él fuera el que había de redimir a Israel". Fue necesaria la resurrección para convertir al proclamador de la verdad en el proclamado.

Me he ubicado en medio de la multitud del tiempo de Jesús, como alguien que busca con sinceridad, cautivado por el rabino pero renuente a comprometerse con Él. Si volviera la atención de Jesús mismo a la constelación de gente que me rodea, vería a varias agrupaciones de espectadores que formaban círculos concéntricos a su alrededor.

Los más alejados, en el círculo exterior, son los mirones, los curiosos y otros que, como yo, están tratando de descifrar a Jesús. La presencia misma de esta multitud sirve para proteger a Jesús, y sus enemigos, quejándose de que "el mundo se va tras Él", no se atreven a detenerlo. Sobre todo en los primeros tiempos, los patriotas judíos también lo rondaban, deseosos de que Jesús anunciara una revuelta contra Roma. Me doy cuenta de que Jesús nunca toma en cuenta a este grupo periférico. Sí les predica y esto de por sí lo diferencia de los esenios y de otras sectas, que reservaban sus reuniones solo para los iniciados.

solAlgo más cerca, distingo a un grupo de quizá un centenar de seguidores sinceros. Muchos de estos compañeros de viaje, lo sé, se le han unido después del arresto de Juan el Bautista; los discípulos de Juan se quejaron de que "todos" se habían ido con Jesús. Como rechaza la popularidad, Jesús dirige la mayor parte de sus comentarios no a las masas sino a los que lo buscan de verdad. Constantemente los empuja hacia un nivel más profundo de compromiso, con palabras vigorosas que los ponen en una encrucijada. "No pueden servir a dos señores", dice. "Olvídense del amor al dinero y a los placeres que el mundo ofrece". "Niéguense a sí mismos". "Sirvan a otros". "Tomen la cruz".

Esa última frase no es una metáfora vana: junto a los caminos de Palestina, los romanos acostumbraban a crucificar a los peores delincuentes como una lección práctica para los judíos. ¿Qué clase de imagen habrán creado en la mente de sus seguidores estas palabras de "invitación"? ¿Va acaso a encabezar una procesión de mártires? Al parecer sí. Jesús repite más que ningún otro este dicho: "El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará" (Mateo 10:39).

He escuchado al círculo más cercano de seguidores, los doce, jactarse de que están dispuestos a semejante sacrificio. "‘No saben lo que están pidiendo’, les replicó Jesús. ‘¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo voy a beber?’. ‘Sí, podemos’" (Mateo 20:22).

A veces me pregunto si hubiera deseado unirme a los doce. No importa. A diferencia de otros rabinos, Jesús escogió personalmente a su círculo íntimo de discípulos, en vez de dejar que ellos lo escogieran a Él. Era tal el magnetismo de Jesús que le bastaron unas pocas frases para persuadirlos de que abandonaran sus trabajos y familias para unírsele. Dos parejas de hermanos —Santiago y Juan, y Pedro y Andrés— trabajaban juntos en barcas de pesca cuando los invitó, y abandonaron el negocio (irónicamente, después de que Jesús les proporcionó el día de pesca con más éxito de su vida). Todos, menos Judas Iscariote, provenían de la provincia natal de Jesús, Galilea; Judas era de Judea, lo que demuestra cómo se había extendido por todo el país la reputación de Jesús.

Me hubiera dejado desconcertado la extraña mezcla de los doce. Simón el zelote pertenece al grupo que se oponía violentamente a Roma, en tanto que Mateo, el recaudador de impuestos, había sido contratado hacía poco por el gobernante marioneta de Roma. Ningún estudioso, como Nicodemo, ni personajes ricos como José de Arimatea, han llegado a formar parte de los doce. Hay que mirar muy a fondo para encontrar alguna marcada capacidad de liderazgo en los doce.

A mi parecer, de hecho, el rasgo más característico de los discípulos parece ser su estupidez. "‘¡Ah, generación incrédula!’, respondió Jesús. ‘¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?’" (Marcos 9:19). Mientras está tratando de enseñarles a ser líderes al servicio de los demás, riñen acerca de quién merece el puesto de privilegio. Su limitada fe exaspera a Jesús. Después de cada milagro se preocupan mucho por el siguiente. Pudo alimentar a cinco mil, ¿podrá a cuatro mil? Casi siempre una nebulosa de incomprensión separa a los doce de Jesús.

¿Por qué invierte Jesús tanto en estos aparentes perdedores? Para responder acudo al relato escrito de Marcos que menciona los motivos de Jesús al escoger a los doce: "para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar" (Marcos 3:14).

Para que lo acompañaran. Jesús nunca trató de ocultar su soledad y su dependencia de otros. Escogió a sus discípulos no como siervos sino como amigos. Compartió momentos de gozo y de dolor con ellos, y los buscó en tiempos de necesidad. Se convirtieron en su familia, en su madre, hermanos y hermanas sustitutos. Renunciaron a todo por Él, y Él renunció a todo por ellos. Los amaba, pura y llanamente.

Para enviarlos a predicar. Desde la primera invitación a los doce, Jesús tuvo presente lo que se manifestaría un día en el calvario. Sabía que iba a estar poco tiempo en la Tierra, y que el éxito final de su misión dependía no solo de lo que Él consiguiera en unos pocos años, sino de lo que los doce (entonces once), luego miles y después millones, hicieran cuando Él se hubiera ido.

Por extraño que parezca, lo que contemplo de la época de Jesús desde la perspectiva actual es precisamente que los discípulos fueron sumamente comunes y corrientes, y esto me da esperanza. Jesús no parece escoger a sus seguidores según el talento innato, lo perfecto que eran o la potencialidad para llegar a ser grandes. Cuando vivió en la Tierra se rodeó de personas comunes que no lo comprendieron bien, que no llegaron a ejercer mucho poder espiritual y que, a veces, se comportaron como escolares mal educados. Jesús escogió sobre todo tres seguidores (los hermanos Santiago y Juan, y Pedro) para sus reprimendas más fuertes y, sin embargo, dos de estos llegarían a ser líderes importantes de los primeros cristianos.

No puedo evitar la idea de que Jesús prefiere trabajar con reclutas que no prometen mucho. En cierta ocasión, después de haber enviado a setenta y dos discípulos a una misión de capacitación, Jesús se alegró de los éxitos que contaron. No hay otro pasaje de los evangelios en el que se muestre más exuberante. "En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó" (Mateo 11:25-26).
El Jesús que nunca conocí
Con esa cuadrilla destartalada Jesús fundó una iglesia que no ha dejado de crecer en diecinueve siglos.

Tomado del libro: El Jesús que nunca conocí de Vida.

Philip Yancey


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