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Vida Cristiana
 
La vida de poder en el Espíritu
Nov | 2011 (GMT-3)

La tradición carismática nos abre el espectro sobre el poder obrar en el Espíritu. De la mano de Richard Foster, conoceremos en profundidad un área esencial de la vida cristiana. Conocer más sobre una de las tradiciones más conocidas.

Richard J. Foster
Richard J. Foster

La corriente carismática de la vida y la fe cristianas centra su atención en los carismas o dones del Espíritu y en su fruto que nos nutre. Esta forma de vivir con el poder del Espíritu responde al profundo anhelo por la inmediatez de la presencia de Dios en su Pueblo. En otras palabras, la tradición carismática se centra en el poder de hacer.

No vivimos nuestras vidas "por voluntad propia". No fuimos creados para ello. Fuimos creados para vivir en cooperación con otra realidad. La tradición carismática presta atención especial a esta otra realidad, que es sencillamente la vida en el Espíritu de Dios y a través de Él.

Sinceramente, no existen los "cristianos no carismáticos". Entiendo lo que se quiere decir con ese término y veo las razones históricas y sociológicas para tal descripción, pero la vida cristiana es, por definición, vida por el Espíritu y a través de Él.

Los carismas son expresiones identificables de esa vida, en formas específicas y con propósitos específicos. Todo seguidor de Jesús recibe del Espíritu uno o más de tales carismas espirituales. No son lo mismo que los talentos naturales, aunque en ocasiones encajan y coinciden con ellos.

La señal de la presencia del carisma es que el efecto de las acciones de la persona excede en mucho a lo que el ser humano puede lograr. Es decir que si solo conociéramos lo que puede lograr el ser humano, no imaginaríamos siquiera el resultado. Los resultados siempre son inconmensurables en comparación con nuestros esfuerzos. Es, como verá, obra del Espíritu.

Afortunadamente, Pablo se refirió en bastante detalle a diversas cuestiones prácticas en materia del ejercicio de los dones espirituales. No hay otro autor en La Biblia que nos haya dicho tanto al respecto. La mayor parte de esta enseñanza se halla concentrada en tres pasajes cruciales: Romanos 12, Efesios 4 y, en especial, 1 Corintios 12–14. Nos conviene meditar estas enseñanzas con frecuencia y profundidad. En los tres pasajes, encontramos listas de dones, que, aunque varían un poco, contienen los mismos aspectos esenciales: dones de liderazgo, como el apostolado, la evangelización y predicación; enseñanza; dones de éxtasis, como las lenguas, el discernimiento de espíritus y la profecía; y dones que edifican la vida de la comunidad, como la sabiduría, la fe y la ayuda.

La persona con el carisma del apostolado, por ejemplo, ha recibido capacidad espiritual para ser pionera en áreas nuevas, en plantar iglesias interculturales. La persona con el carisma de la evangelización tiene una capacidad espiritual que se le ha otorgado para poder llegar a quienes están fuera de la comunidad de la fe, con la buena nueva del Evangelio. La persona con el carisma de la fe tiene capacidad espiritual para ver posibilidades nuevas y creativas, confiando en Dios para concretarlas. Y lo mismo con los demás carismas.

Siempre tenemos que recordar esta función triple de los carismas del Espíritu: liderazgo, poder en éxtasis y edificación de la comunidad. Todo esfuerzo por restringir la obra del Espíritu únicamente al liderazgo, o a los dones en éxtasis o al fortalecimiento de la comunidad, sencillamente, equivoca el sentido. Esta tentación a restringir los dones surge porque hay intereses humanos e historias en particular que atañen a grupos que difieren entre sí. Pero hay que resistir ante esta tentación si hemos de ser fieles al testimonio bíblico.

Descubramos los aspectos más fuertes
Son numerosos los beneficios para quienes abrazan la tradición carismática o vida en el poder del Espíritu. Mencionaré cuatro aquí.

Primero, la tradición carismática nos ofrece continua corrección para nuestro impulso de domesticar a Dios. Tenemos una perenne tendencia a controlar la obra del Espíritu. Queremos un Dios prolijo y bueno, pero Jesús nos recuerda que el Espíritu soplará allí donde lo desee (Juan 3:8). Y en verdad, esto es maravilloso porque nos recuerda que Dios está al mando de esta empresa, que está vivo y activo en nuestro mundo de hoy. Cuando sentimos que tenemos bajo control lo referente a la vida espiritual, Dios nos sorprende con acciones del Espíritu que jamás habríamos imaginado. Todos nuestros pequeños intentos —personales y también en términos de la Historia— de institucionalizar al Espíritu Santo han fracasado, y por ello debemos dar gracias a Dios.

El segundo beneficio es que ofrece un reproche constante a nuestra anémica práctica. El problema es que nos conformamos muy fácilmente con meras palabras religiosas. Y nos apresuramos a acomodarnos a "lo de todos los días", olvidando enseguida que se espera de los cristianos "… que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo" (Romanos 15:13). La tradición carismática nos recuerda que "el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder" (1 Corintios 4:20).

Tercero, nos ofrece un desafío continuo hacia el crecimiento y desarrollo espiritual. Las virtudes cristianas son, después de todo, fruto del Espíritu. Por Él derrotamos las obras de la carne y por Él desarrollamos los santos hábitos del amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la generosidad, la fidelidad y el dominio propio (Gálatas 5:19-23). El fruto del Espíritu que nos nutre hace de los dones de poder del Espíritu una bendición, no una maldición.

Como cuarto beneficio, nos ofrece una vida de dadivosidad, de poder ser testigos y de servir a los demás. Las señales y los milagros, la sanidad, las revelaciones y las visiones, forman parte de nuestro andar en el Espíritu. Son testimonios para los que no creen y afirmación de la esperanza para los que creen. El Espíritu convoca al fervor evangélico y lo acompaña con señales y milagros. El Espíritu otorga dones de discernimiento y profecía para guiar la vida de la comunidad. El Espíritu es quien unge a pastores y maestros que equipan al Pueblo de Dios.

Estos dones (y muchos otros) ponen de manifiesto la estructura del amor para edificar al Cuerpo de Cristo y para que podamos crecer "… hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo. Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro" (Efesios 4:15-16).

Gozo en el Espíritu
El santo gozo es una de las marcas más comunes de quienes caminan en el poder del Espíritu, y Francisco y su grupo dichoso poseían este gozo en abundancia. Tiene que haber sido algo maravilloso de ver, porque de tan solo leerlo, el corazón se nos acelera. Estos jóvenes trovadores del Señor iban de pueblo en pueblo, embriagados de santo gozo. Aun cuando Francisco debió presentarse ante el Papa, casi danzaba para expresar su gozo. Tomás de Celano escribió sobre esto, observando que "Francisco habló con tan grande fervor de espíritu que no pudiendo contenerse a causa del gozo (...) movía los pies como si estuviera danzando".
árbol
De todas estas historias que ilustran el gozo en el Espíritu que sentían Francisco y su grupo, la que más me gusta es la del primer pesebre de Navidad que dispusieron en el pequeño pueblo de Greccio. (Hoy es tan común ver escenas de pesebres que cuesta imaginar los sentimientos que acompañaron la experiencia original. La historia ha sido relatada por Tomás de Celano en su First Life of St. Francis [Vida Primera de San Francisco]).

Corría el año 1223. Francisco para entonces había renunciado como cabeza de la orden que lleva su nombre, y estaba a tres años de su muerte. Se acercaba la Navidad, y con una espontaneidad deliciosa, Francisco declaró: "Querría hacer algo que llame a la memoria al Niño que nació en Belén". Y con dichoso abandono se ocupó de hacer los arreglos, luego de encontrar una cueva en las cercanías. Imaginemos el misterio y la intriga de los habitantes de Greccio, que veían a Francisco preparar algo en una cueva en las afueras del pueblo. Entonces llegó la Nochebuena, "el día de gozo (...) momento de gran regocijo". La gente del lugar encendió velas y antorchas "para iluminar la noche" y se dirigieron a la cueva "con corazones alegres". A la entrada, las luces revelaron a un bebé acostado en un pesebre, envuelto en abrigados paños de género, al calor del vapor que echaban por sus narices una media docena de vacas y ovejas. ¡¿Qué era esto?!

Entonces apareció Francisco, y "lo vio y se alegró". Ah, ahora la gente entendía: "Greccio se había convertido, digamos, en una nueva Belén". Se llenaron de "renovado gozo a causa de este nuevo misterio. Los bosques resonaban con las voces de la multitud, y las rocas parecían responder a su júbilo.

Los hermanos cantaban (...), y la noche resonaba con su regocijo". Francisco estaba junto al pesebre, "suspirando, sobrecogido por el amor, lleno de una maravillosa felicidad". Les cantó a los presentes con "voz dulce, clara y sonora". Predicó, pronunciando "encantadoras palabras".

Uno de los presentes tuvo en ese momento una visión y la contó a los que se hallaban allí. Su visión era de un pequeño acostado en un pesebre, sin vida. Pero en la visión Francisco se acercaba al niño, lo tocaba, y el pequeño despertaba "como de un profundo sueño". La lección de esa visión tocó el corazón de los habitantes del lugar, "porque el Niño Jesús había quedado en el olvido en los corazones de muchos, pero por milagro de su gracia, había vuelto a la vida por medio de su siervo San Francisco, para quedar por siempre impreso en la ferviente memoria de todos". ¡Qué celebración reverente, jubilosa, solemne!

Y qué fiesta maravillosa para esta gente analfabeta que no podía darse el lujo de leer y releer la historia cuantas veces quisieran. Esa noche el gozo de la Navidad se hizo palpable para la gente de Greccio. Cada uno de los que observaban, dice Thomas, "volvió a su hogar con santo gozo".

Le recomiendo que lea y conozca la vida de San Francisco de Asís como modelo del jubileo carismático.

La práctica de la tradición carismática
Vivimos la corriente carismática de muchas formas y a través de diferentes caminos. ¿Quién puede confinar o limitar al Espíritu? Aquí van algunas sugerencias —las que indica el sentido común— para promover la vida carismática.

Acérquese a quienes tienen algo de experiencia en esta forma de vida y aprenda de ellos. Lo que hice yo fue acercarme a un amigo en quien confiaba, por su sabiduría y discernimiento. Es probable que usted encuentre alguno de los "círculos que gritan", tan comunes en los grupos pentecostales afroamericanos. En esta tradición, la gente se reúne en círculo para adorar y, cuando Dios desciende sobre una determinada persona del grupo, el resto promueve lo que Dios está haciendo, gritando para dar aliento. O tal vez le atraiga invitar a alguien que imponga las manos sobre usted y ore porque pueda adentrarse más en la vida y el gozo del Espíritu. Es posible que profundice su experiencia de la adoración carismática asistiendo a servicios que sean conocidos en esta área.

Otra sugerencia: no tema que alguno de los aspectos de lo que esté haciendo sea en la carne. Le garantizo que ¡claro que habrá carne! No podemos librarnos del todo de este problema hasta llegar al cielo. Pero aun así, Dios puede utilizarnos, torpes como somos. De seguro no desearíamos manipular a nadie ni permitir que nos manipulen. Pero no hay que tener miedo de salir y poner en práctica los dones que sentimos que Dios nos ha dado. Él nos recibirá, con carne y todo, y nos enseñará cómo andar cada vez más en el poder del Espíritu. Y una cosa más: siga aquello que el Espíritu le indique, sin temor a equivocarse. Si tiene espíritu dispuesto a aprender, Dios le mostrará el camino.

Siga avanzando allí donde sienta que necesita más, en especial en el área de los dones espirituales. Sienta la insatisfecha satisfacción, contentándose por todo lo bueno que Dios le ha dado, pero aun así anhelando más. Más amor. Más poder. Más gracia. Más dones. Pablo mismo nos urge: "… ambicionen los mejores dones" (1 Corintios 12:31).

Quizá se sienta movido a orar por alguien. O a profetizar o a llevar un toque de sanidad. Si es así, avance con la confianza de que Dios está con usted y le dará fuerzas.

Finalmente, ponga a prueba regularmente su dirección y sus experiencias en el Espíritu, permitiendo que aquellos en quienes confía utilicen su discernimiento espiritual para animarlo, corregirlo y refinarlo. Y haga usted lo mismo por ellos. De este modo, cumpliremos lo que dijo el gran apóstol del Espíritu: "Por eso ustedes, ya que tanto ambicionan dones espirituales, procuren que estos abunden para la edificación de la iglesia" (1 Corintios 14:12).

El llamado a la vida en el poder del Espíritu
Pregunta: ¿qué es la tradición carismática?

Respuesta: una vida inmersa en el Espíritu de Dios, guiada por el Espíritu de Dios, en el poder del Espíritu de Dios.

Pregunta: ¿por qué explorarla?

Respuesta: porque a través de esta vida, Dios nos da poder para hacer sus obras y dar evidencia de su vida en la Tierra. En tanto las manifestaciones particulares serán a medida de nuestras necesidades y personalidades como individuos, todos hemos de entrar en la vida en el Espíritu.

En 1907 C. H. Mason, fundador de la Iglesia Afroamericana de Dios en Cristo, dio testimonio de su propia experiencia en la Misión de la calle Azusa: "El Espíritu descendió sobre los santos y sobre mí (...). Entonces me entregué al Señor para que hiciera en mí su voluntad. Llegó a mí una ola de gloria, y todo mi ser se llenó de la gloria del Señor. Luego, cuando Dios me hizo poner de pie, llegó una luz que me envolvió, más brillante que la luz del sol. Cuando abrí la boca para decir ‘Gloria’, una llama tocó mi lengua y me recorrió, y mis palabras cambiaron, y no hablé nada en mi propio idioma. ¡Oh! Estaba lleno de la gloria del Señor. Y mi alma estaba satisfecha".
Ríos de agua viva
Que podamos nosotros también conocer los movimientos del Espíritu en nuestras vidas, de modo que podamos decir: "Mi alma estaba satisfecha".

Tomado del libro: Ríos de agua viva de Editorial Peniel

Richard J. Foster


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