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Vida Cristiana
 
Jesús resucita tus sueños destrozados
Abr | 2009 (GMT-3)

La victoria de Cristo es nuestra victoria. Una de las gloriosas implicancias de la muerte y resurrección de Cristo es el devolvernos la esperanza de saber que tenemos un nuevo comienzo, y la seguridad de que lo mejor aún está por verse. Jesús aplastó al enemigo y todo lo que nos impide cumplir con nuestros sueños.
Edwin Lutzer
Edwin Lutzer

Cuando yo era profesor en el Instituto Bíblico Moody, a mi secretaria, una joven mujer de veintiún años le fue diagnosticada una forma muy rara de cáncer. Pero nuestras esperanzas se elevaron con una nueva droga que aparentemente hacía milagros. Muchos de nosotros nos inspiramos en su optimismo, creyendo y orando porque pudiera vencer la enfermedad. Pero, unos pocos meses más tarde, murió. En su funeral recuerdo haber pensado: ¿Por qué Dios elevó nuestras esperanzas para que se quebraran en pedazos? Mejor habría sido no haber creído que creer y recibir un no como respuesta. La enfermedad puede quebrar nuestros sueños y hacer tambalear nuestra confianza en Dios. Los residuos de los sueños destrozados yacen por todos lados, incluso al costado de un camino. La desilusión, en el sentido de ser desilusionado por la vida y, de hecho, por Dios, deja muchos sueños destrozados en su despertar.

Una madre dijo: –Hace mucho tiempo he abandonado a Dios y a la oración. Oré y le pedí que mi hija se volviera misionera. No solo no es una misionera, sino que se ha casado con un hombre que no cree en Dios. Nunca volveré a molestar a Dios con otro pedido, porque duele cuando Él nos desilusiona. Y nos sentimos traicionados por otras personas, con frecuencia aquellos que consideramos nuestros amigos. Algunos han tenido que tolerar el abuso, la ira y la manipulación. Tenemos las más altas esperanzas de gozar de relaciones satisfactorias, pero frecuentemente nuestros mejores esfuerzos fracasan. Los sueños yacen destrozados a nuestros pies. Detrás de estas desilusiones reside el conocimiento doloroso de que las cosas podrían haber sido diferentes, solo si Dios hubiera intervenido. Si les preguntara a los escépticos por qué no creen, rápidamente le hablarían de su amarga desilusión con el Todopoderoso. Después de todo, si Él es omnipotente, si puede hacer todo lo que desea cuando lo desea, ¿por qué no se hace cargo y hace que lo malo se convierta en bueno? ¿Por qué tantos sueños destrozados? ¿Por qué tantas ansias insatisfechas? ¿De qué sirve la omnipotencia si no se la usa para enderezar un mundo torcido?

Dos discípulos desilusionados
Encontramos en La Biblia la historia de dos discípulos muy desilusionados con Jesús.
El primer día de la semana, tres días después de que Jesús fue crucificado, algunas mujeres fueron hasta su sepulcro e informaron que estaba vivo. Pero muchos pensaron que su testimonio era sospechoso. Después de todo, una de las testigos era Maria Magdalena. Ella había estado poseída por siete demonios, ¿era creíble su historia acerca de haber visto al Señor? Algunos de los discípulos fueron al sepulcro y estuvieron de acuerdo en que estaba vacío, pero no vieron a Jesús. Entonces dos discípulos se dispusieron a abandonar Jerusalén y se fueron caminando a Emaús. Tenían la esperanza de alejarse de la conmoción y de la tristeza de los últimos tres días. “Aquel mismo día dos de ellos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban conversando sobre todo lo que había acontecido” (Lucas 24:13-14). Se encuentra con ellos un extraño: es Jesús, pero ellos no lo reconocen. Él preguntó: “¿Qué vienen discutiendo por el camino?”. Leemos: “Uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: ‘¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente?’ ‘¿Qué es lo que ha pasado?’ —les preguntó.

(Por supuesto, Jesús sabía exactamente de lo que habían estado hablando. Quería oír lo que los dos iban a decir). “Lo de Jesús de Nazaret. Era un profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron; pero nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel. Es más, ya hace tres días que sucedió todo esto. También algunas mujeres de nuestro grupo nos dejaron asombrados. Esta mañana, muy temprano, fueron al sepulcro pero no hallaron su cuerpo. Cuando volvieron, nos contaron que se les habían aparecido unos ángeles quienes les dijeron que él está vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron” (vv. 17-24). Uno puede percibir el patetismo que existe tras las palabras: “Nosotros esperábamos…”. ¡Pensábamos que era el Mesías! ¡Pusimos nuestras esperanzas en Él! Soñábamos en que Él iba a redimir Israel; pensábamos que Él iba a traer redención política al vencer a los romanos, restaurando el gobierno judío y poniendo fin a la injusticia romana.

Pensábamos que este sería el final de los odiados recolectores de impuestos romanos y de la humillante ocupación por parte de estos forasteros paganos. Tenía las marcas de un redentor, pero aparentemente… no redimió. A decir verdad, la desilusión de estos dos discípulos era más profunda que el hecho de que Jesús no pudiera cumplir con sus expectativas. Se sintieron traicionados por alguien a quien amaban. Sí, habían colocado sus esperanzas mesiánicas en Él, pero también le habían dado su devoción, su lealtad. El dolor era profundo porque su amor era profundo.

  Le dieron un sueño y el sueño no se cumplió. Tenga presente que estos discípulos probablemente estuvieran allí cuando Jesús tomó el almuerzo y alimentó a una multitud de cinco mil personas y sabían, que Él podía caminar sobre el agua y hacer que oyeran los sordos y que los cojos caminaran. Él tenía el poder del Mesías, pero cuando los romanos llegaron a arrestarlo, no usó ese poder. Ellos esperaban algo más que eso. Las personas que estaban cerca de la cruz informaron acerca del trágico final de una vida hermosa. Con su desoladora muerte, se perdieron todas las esperanzas. Estos discípulos pensaban que nunca más iban a volver a sonreír de nuevo. Habían atravesado un terremoto emocional, y no veían la posibilidad de un final feliz de esta historia. Agotados, prefirieron olvidarlo todo.

Sufrimiento y gloria
Jesús los ayudaría a sobreponerse a estas desilusiones. Lejos de ser traicionados por Él, Jesús cumpliría sus sueños más extraños y ambiciosos. Lo que Jesús hizo por ellos, lo hará por nosotros. Él no nos quita los sueños que no retornan. Él no hace surgir esperanzas que no satisfacen. Él no nos da ansias que no sean cumplidas.

La respuesta que les dio a estos discípulos desalentados se convierte también en nuestra respuesta. ¿Qué debemos hacer cuando nuestro mundo se destruye? ¿Qué hacemos con los sueños que yacen destrozados a nuestros pies? ¿Qué hacemos cuando todo en lo que hemos creído acerca de Dios parece destruido? Jesús le señaló a estos dos discípulos que revisaran Las Escrituras, y dijo que allí puede encontrarse una respuesta, ¡si solo la escucháramos! Somos invitados a oír. “¡Qué torpes son ustedes —les dijo—, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria? Entonces, comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” (vv. 25-27). ¿Ellos conocían La Biblia, no es cierto? Sí, conocían sus enseñanzas, pero tenían los problemas dobles del olvido y la confusión.

La cruz Entonces Jesús comenzó con la línea de las historias de La Biblia para ayudarlos a comprender por qué los recientes eventos de Jerusalén debían tener sentido para ellos. Tal vez comenzó con Génesis 3:15, explicando cómo la semilla de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Luego podría haber ido a Génesis 22, donde Abraham estuvo a punto de ofrecer a Isaac, pero Dios proveyó un cordero, lo que representaba al “Cordero de Dios” de sustitución. Luego puede haberles recordado acerca de Éxodo 12 y haber dicho: “¿No comprendieron que la sangre de los corderos en los portales de los israelitas en Egipto que los escudaba de la ira de Dios, era una imagen del sacrificio del Mesías?” Posteriormente Jesús pudo haberse referido a los salmos para señalar las palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1), que eran una referencia al Mesías muriendo en la cruz por los pecados del mundo. Luego tal vez a Isaías 53, que dice de Él: “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados.

Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros” (vv. 5-6). ¿De qué manera esta conversación ha revivido las esperanzas destrozadas de los discípulos que estaban desilusionados con Jesús? Jesús dice que ellos debían haber sabido que el Mesías tenía que sufrir primero antes de poder ingresar en su gloria. Primero el sufrimiento, luego la gloria; primero la cruz, luego la corona; primero el dolor, luego el beneficio. Cuando Jesús fue arrestado para ser crucificado, el plan de Dios se estaba cumpliendo.

Hoy no todos serán sanados. Ni se nos prometen riquezas si enviamos un regalo a un evangelista. La Biblia no promete que seremos escudados de las injusticias, la soledad y la persecución. De hecho, Jesús dijo: “Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Juan 15:20). No debemos esperar más de lo que Jesús tenía cuando estaba en la Tierra. Pablo dice que debemos padecer mucho sufrimiento para ingresar al reino del cielo (Hechos 14:22). El sufrimiento no refleja desfavorablemente las promesas de las Escrituras. Estamos seguros de que hay otro mundo por venir, en el que se concretarán todas las bendiciones prometidas. Así como Dios no crea un pez sin crear agua donde pueda nadar, del mismo modo Dios no crea ansias de eternidad sin crear una eternidad donde esa ansia se vea satisfecha.

Intensificación del deseo de gloria
 El sufrimiento no solo precede a la gloria, sino que intensifica nuestro deseo de gloria. En mi iglesia hemos adoptado un campo de refugiados en el sur de África, de modo que tenemos equipos que los visitan varias veces al año. Los ayudamos a construir una iglesia y les enviamos muchos contenedores con ropa y alimentos. Me dicen que esas personas hablan con frecuencia del cielo, y que ansían el día en que llegarán a no tener hambre ni sed, y donde el Señor mismo esté presente. El cielo siempre está presente en la mente de los que sufren. Primero llega el Viernes Santo, luego el Domingo de Resurrección.

Por supuesto que no digo que Dios no nos ofrece nada en la Tierra; por el contrario, la vida como cristiano es más satisfactoria que cualquier cosa que podamos encontrar en los triviales valores del mundo. Pero solo probamos el sabor de las bendiciones ahora; las disfrutaremos en abundancia en la vida por venir. Lo que les faltaba a estos discípulos desalentados era la línea temporal adecuada. Jesús les regañó que si habían comprendido Las Escrituras se habrían evitado la desesperación y la pérdida que llevaban en el alma. Nuestra desesperación, como la de ellos, comienza a desvanecerse cuando comprendemos y creemos en Las Escrituras.
Y, sin embargo, nuestra alma ansía algo más. Se debe creer en las palabras de Las Escrituras, pero anhelamos la presencia divina.

Con nosotros cuando no lo vemos
Cuando llegaron a la aldea donde iban, los discípulos obligaron al forastero a que se quedara con ellos. “Y aconteció que estado sentados con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista” (vv. 30-31). Los discípulos están enmudecidos, regañándose por no reconocer al invitado divino. Recuerdan los eventos de la tarde. Así que se levantaron en ese mismo momento y regresaron a Jerusalén, y se encontraron los once discípulos más cercanos reunidos junto con algunos amigos, y todos decían: “Ha resucitado el Señor verdaderamente” (v. 24).

Tuvieron otra sorpresa antes de irse a dormir. El grupo aún no se había dispersado y leemos: “Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros” (v. 36). La crucifixión fue entonces; la resurrección es ahora. ¿Por qué Jesús se les apareció a los discípulos y luego desapareció. Quería que ellos supieran que estaba tanto con ellos cuando no lo veían, como cuando partía el pan en su mesa. Debemos tener presente que este mismo Jesús está con nosotros también; debemos pensar en Él como que está de pie al lado nuestro.

No tenemos que verlo para saber que está allí. Él permanecerá a nuestro lado, guiándonos en todo el camino hasta nuestro hogar celestial. “Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes” (Juan 16:7). Luego de la ascensión Jesús envió al Espíritu Santo para que morara en los creyentes de todo el mundo, y para dar la seguridad de su presencia a todos los que le pertenecen. En lugar de limitarse a un lugar en un momento, está ahora con nosotros simultáneamente por la presencia de su Espíritu. ¿Cómo revive Cristo nuestros sueños hechos pedazos? ¿Cómo llega a nosotros en nuestra tristeza y nos da una razón para vivir y una razón para tener esperanzas? Gracias a su triunfo en la cruz, sabemos que nunca seremos abandonados.

Él comprende nuestras esperanzas y nuestros sueños, y conoce las profundidades de nuestro pesar y desilusión. Está allí para llevarnos de regreso a Las Escrituras y recordarnos que no estamos solos. Él recoge los pedazos de nuestros sueños destrozados y nos da una razón para seguir adelante. Los sueños que quedan sin ser cumplidos en esta vida, serán cumplidos en la vida por venir. Jesús trajo de nuevo nuestro sueño de un cuerpo sano con Él cuando resucitó de los muertos. A aquellos que están angustiados, Jesús nos garantiza que las relaciones familiares satisfactorias serán nuestras. Nos dice: “Yo soy tu Hermano, tu Padre, tu Amigo”. El cumplimiento de nuestros sueños nos espera. Nuestro problema, dicho simplemente, es que al igual que los discípulos: no reconocemos a Jesús cuando anda con nosotros.

Fallamos en verlo en las circunstancias que Él trae a nuestra vida; fallamos en verlo en nuestras dificultades y desilusiones. Él está aquí, pero nuestros ojos están nublados con nuestra propia falta de fe. Benditos sean aquellos que ven a Jesús cuando otros no lo ven. Para aquellos que están dispuestos a creer, el Cristo resucitado está con nosotros para guiar, para dar seguridad y comulgar con nosotros. En su presencia nuestros sueños rotos Y la muerte pierte su poderson redirigidos para servir a sus propósitos más altos. En su presencia eterna, todos los sueños otorgados por Dios finalmente se concretarán.


Tomado del libro: Y la muerte pierde su poder Editorial Portavoz
Edwin Lutzer


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