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Embajadores del Reino de Dios en la Tierra
Dic | 2008 (GMT-3)
La misión de Jesús era abrir camino a la venida del Reino, e introducir
a los hombres al poder del Espíritu Santo. Este poder está disponible
para nosotros, de modo que podamos cumplir nuestro rol en el avance del
Reino a las regiones de la Tierra.La misión de reflejar la imagen de Cristo depende de cada uno de sus hijos
 | | Myles Munroe | Todas las personas del mundo han nacido para alcanzar un propósito. Dios nos creó a cada uno para resolver un problema. Hay algo que Él deseaba que se realizara y que requería de nuestra existencia. Ninguno de nosotros existe por accidente ni está aquí por error. Nuestro lugar en este planeta está relacionado con la misión que Dios tenía en mente mucho antes de crear el mundo. Esto nos hace cruciales en su plan global.
El propósito de Dios para nosotros es el mismo de siempre: ejercer dominio y autoridad sobre el plano terrenal bajo su reinado soberano. Eso nunca ha cambiado. Lo que sí ha cambiado es nuestra posición. La abdicación de Adán y Eva de su lugar de autoridad legal le permitió a Satanás usurpar el trono que Dios planeó que ocupáramos nosotros. Relegados al estado de súbditos indefensos de un devastador reino de tinieblas, no podemos regresar a nuestro lugar original sin la ayuda de Dios.
Afortunadamente para nosotros, su propósito eterno nunca será torcido; su perfecta voluntad se cumplirá. Desde el comienzo Dios tenía un plan que resolvería el problema de nuestra deserción: “Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos” (Gálatas 4:4-5). El propósito de Dios era restaurarnos a nuestro estado pleno como sus hijos e hijas, y traernos de regreso a su Reino. Él envió a Jesús como el Camino. La fe en Jesucristo como el Hijo de Dios, en su muerte por nuestros pecados y resurrección de nuestra vida, es la puerta a través de la cual entramos al Reino de Dios.
Jesús no solamente fue la puerta, sino que también fue el mensajero que anunció la llegada del Reino a la Tierra. Antes de que pudiésemos entrar al Reino de Dios teníamos que saber que había llegado y dónde podíamos hallar la entrada. Por eso vino Jesús. Su propósito era doble: proclamar el arribo del Reino de Dios y, a través de su sangre, proveer la entrada al Reino para todos lo que vendrían.
Según el Evangelio de Mateo, cuando Jesús inició su ministerio público su primera declaración fue un mensaje que reflejaba su misión: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca” (4:17). El Reino de los cielos se refiere a la presencia y autoridad soberana de Dios “invadiendo” e impactando la dimensión terrenal. Jesús desafió a sus oyentes a cambiar de una mentalidad que ignoraba o negaba el Reino de Dios, a una que reconocía y daba la bienvenida a su llegada.
Reintrodujo el Reino Más que simplemente revelar el Reino, la misión de Jesús era reintroducirlo. Vino para traer nuevamente a la humanidad un conocimiento del Reino de Dios, así como también para cambiar su pensamiento, para que pudieran vivir verdaderamente en ese Reino. Con una santa pasión, Jesús obraba según esa misión divina. Antes de regresar al trono de su Padre entrenó a sus discípulos para que continuaran esa misión hasta el final. Este mandato de Reino ha pasado de generación en generación con distintos grados de éxito. Desafortunadamente, gran parte de la Iglesia ha perdido de vista el mensaje del Reino, y en vez de ello predica temas religiosos alternativos.
Este es un serio problema, particularmente porque cumplir la misión de predicar el Reino es la llave para activar el tiempo de la venida del Señor. Jesús dijo que el fin vendría cuando el Evangelio del Reino fuera predicado a todas las naciones. No solamente que Jesús habló muy poco sobre nacer de nuevo, sino que tampoco hizo de otros temas el centro de su predicación: prosperidad, sanidad, bautismo en el Espíritu Santo o muchas de las otras cosas que nosotros predicamos tanto en estos días. Jesús enseñó sobre esas cosas y las demostró en el ministerio diario, pero no predicó acerca de ellas. Hay una gran diferencia. Jesús tenía solo un mensaje: el Reino de Dios. Esta era su misión, y la delegó en nosotros. Su misión es nuestra misión.
Debemos proclamar que el Reino de los cielos está cerca, que Dios trabaja para restaurarnos a nuestro lugar original y legítimo como sus hijos, como herederos de su Reino y como gobernantes del dominio terrenal.
Desde el principio, la intención de Dios ha sido la de extender su Reino celestial a la Tierra a través de la humanidad. Ese sigue siendo su plan, a pesar de la caída del hombre. El Evangelio del Reino revela cómo Dios nos está restaurando a nuestro lugar original, cómo nos está llevando de regreso a donde vinimos. Este es un punto importante que debemos entender. Muchos de nosotros suponemos o nos han enseñado que el Evangelio significa que Dios se está preparando para llevarnos al cielo como nuestro hogar.
Esa no es la verdadera restauración, porque nosotros no venimos del cielo. Restauración significa poner nuevamente en el lugar o condición original. Ya que no caímos del cielo, sino desde nuestra autoridad de dominio sobre la Tierra, ser restaurados significa ponernos de nuevo en nuestro lugar de dominio terrenal. El deseo de Dios es restaurarnos a nuestro lugar legítimo, lo cual significa regresarnos a la posición de autoridad y dominio sobre peces, aves, ganado, plantas y todo el resto del reino terrenal. Como pecadores, éramos esclavos de Satanás en el reino de las tinieblas, pero como creyentes limpios por la sangre de Jesús, somos hijos de Dios en el Reino de la luz. Dios desde siempre ha deseado tener verdaderos hijos que sean ciudadanos de su Reino celestial y vivan en continua relación con Él, no sirvientes.
Después de todo, Jesús no dijo: “Arrepiéntanse porque el Reino de los cielos viene algún día”. Él dijo: “Arrepiéntanse porque el Reino de los cielos está cerca”. Sus discípulos pensaron que el Reino era solo para el futuro, pero Jesús les dijo: “No, porque yo estoy con ustedes, el Reino de los cielos está con ustedes. Cuando el Espíritu Santo venga a morar en ustedes, el Reino estará dentro de ustedes también”. Esencialmente, el Reino de los cielos no se refiere a un territorio físico. Es una jurisdicción sobre la cual la influencia de Dios tiene plena autoridad. El Reino de los cielos está en mí. Por eso, la casa que poseo y ocupo es propiedad del Señor. Como creyentes, tenemos el Reino de los cielos en nosotros. Así que dondequiera que vayamos y a dondequiera que nuestra influencia se extienda, traemos el Reino de los cielos a ese lugar.
Embajadores del Reino Como embajadores de Cristo representamos a nuestro “gobierno natal”, el Reino de Dios. Cuando la gente entra en contacto con nosotros, no deberían simplemente encontrar a una persona, sino al Dios a quien pertenecemos y que habita dentro de nosotros a través de su Espíritu Santo. Si nuestro espíritu está en armonía con su Espíritu, entonces lo que digamos y hagamos reflejará el gobierno que representamos y al Reino del cual tenemos la ciudadanía.
El Espíritu Santo es la llave de nuestra autoridad. Siempre que Él está dentro de una persona y ella le permite tener el control, entonces el Reino de Dios puede venir; su gobierno en la Tierra puede tomar su lugar a través de esa persona. Si el Espíritu Santo se marcha, la autoridad del Reino se retira junto con Él. Cuando el hombre perdió al Espíritu de Dios, el Reino no pudo venir en plenitud a la Tierra. Luego de haber pecado, Adán era como un embajador sin poderes, un hombre sin una nación, esclavizado en el reino de las tinieblas de Satanás. Para que el Reino de Dios pudiera venir a la Tierra, tenía que hallarse una manera de hacer que el Espíritu Santo regresara al hombre. De algún modo, la autoridad de dominio y la ciudadanía del Reino tenían que ser restauradas. Jesús vino para restaurar al hombre a su posición original en el universo.
Jesús vino a reconectarnos con su Padre y su glorioso Reino. El vínculo conector es el Espíritu Santo. Por esa razón, el centro de su mensaje era: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. El propósito primordial de Jesús no era sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, echar fuera demonios o realizar ninguna otra obra milagrosa. Esas eran tan solo señales de que el Reino de Dios había venido a la Tierra, pero no eran su enfoque principal. La misión final de Jesús era abrir camino a la venida del Reino introduciendo a los hombres al poder del Espíritu Santo.
Ahora existe un poder disponible para nosotros, de modo que podamos cumplir nuestro rol en el avance del Reino a las regiones de la Tierra. Este poder fue puesto a nuestra disposición a través de una invasión del Espíritu Santo en nosotros. Jesús abre la puerta para que esa invasión suceda. Jesús prometió que nos daría el Reino y el poder para caminar en él. Jesús dijo: “No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino” (Lucas 12:32). Es el contentamiento y deseo de Dios darnos el Reino. Él desea restaurar nuestra conexión con Él.
La única responsabilidad que tenemos como embajadores de Cristo, es asegurarnos de estar conectados con nuestro Rey para que podamos saber y entender lo que Él dice, y luego hablar y actuar consecuentemente. Aquí es donde la presión es quitada. No somos responsables de establecer políticas, sino de llevar a cabo aquellas que el Rey ha establecido. No es nuestra tarea decidir qué creemos y qué pensamos. Nuestro trabajo es saber y discernir lo que nuestro Rey piensa y luego entrar en acuerdo con Él.
Como sus embajadores, se nos ha confiado la proclamación del mensaje del Reino a todas las naciones. La Iglesia ha experimentado una mezcla de éxito y fracaso en su misión para con el mundo porque –desafortunadamente– hemos creado mucha confusión con nuestro mensaje. A fin de que la Iglesia cambie al mundo eficazmente, ella debe clarificar su mensaje y abocarse a una predicación renovada del Evangelio del Reino.
Tomado del libro: Redescubra el Reino de Editorial Peniell
Myles Munroe
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