Detengámonos y reconsideremos las cosas. Muchas veces nos hemos enojado con Dios porque las cosas no salieron como esperábamos, a pesar de que los responsables fuimos nosotros.
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| Nancy Leigh DeMoss |
En el proceso de Drusky contra Dios, Dios ha ganado." Ese era el encabezado de la nota de la agencia de noticias The Associated Press, del 15 de marzo de 1999.
Y continuaba explicando: "El litigio de un hombre de Pennsylvania, cuyo acusado es Dios, ha sido rechazado por un tribunal en Nueva York". Drusky había culpado a Dios –de forma oficial– por fallar en impartir justicia en lo concerniente a su despido de la compañía unos treinta años antes.
Tan ridículo como puede sonar esto a las personas racionales, en un sentido la diatriba de Drusky solo difiere en proporción a lo que escucho decir a muchas personas en estos días. "Estoy enojado con mi esposo", "estoy enojado con mis hijos", "estoy enojado con mi pastor". Y algunas veces, después que han pasado por todas esas instancias, escucho que expresan algo que es en realidad la raíz del asunto: "Estoy enojado con Dios".
¿Has dicho alguna vez palabras como estas, o al menos lo has pensado? ¿Ha llegado al punto en el cual enfurecerte contra tu ofensor no basta? En tu búsqueda de respuestas y justificaciones, ¿te has vuelto más bien a apuntar tu dedo al cielo y pedirle a Dios una respuesta por tratarteo de esa forma? O quizás no es tan evidente, sino más bien un resentimiento confuso y que hierve a fuego lento.
La suegra de Rut, Noemí, es un clásico ejemplo bíblico de este dilema.
Durante un período de hambre en Belén, su pueblo natal, su esposo Elimelec tomó una decisión poco visionaria, por lo que llevó a su familia a vivir "por un tiempo" en Moab. Por desgracia, "un tiempo" se convirtió en muchos años. Y antes de poder concretar sus planes de volver a casa, Elimelec murió.
Para imposibilitar aún más su regreso a casa, y para profundizar aún más sus indeseables raíces con una tierra pagana, sus dos hijos se casaron con mujeres moabitas. Pero la tragedia volvió a golpear con la muerte de los hijos, lo que dejó a dos jóvenes viudas sin otro hombre con quien casarse.
La Biblia registra la reacción del pueblo ante la mujer que se había ido con su esposo en busca de abundancia, pero que había regresado más vacía que antes. No solo con las manos vacías, sino con su alma vacía.
"¿Es esta Noemí?" –se preguntaban unos a otros. ¿Era la misma mujer alegre y feliz, entusiasta y complacida antes de que su esposo se la llevara lejos de todo su mundo conocido? Ella sentía que la decisión necia de su esposo la había arruinado.
–¿No es ésta Noemí? –se preguntaban las mujeres del pueblo. – Ya no me llamen Noemí –repuso ella–. Llámenme Mara, porque el Todopoderoso ha colmado mi vida de amargura. Me fui con las manos llenas, pero el Señor me ha hecho volver sin nada" (Rut 1:20-21). Así respondía ella
¿Ves a quién culpa por su calamidad?
¿Te ha sucedido algo parecido? ¿Has descubierto que eres víctima de sus malas decisiones o quizá de los otros? Pero en lugar de asumir la responsabilidad por eso o escoger perdonar al que te maltrató, ¿decidiste más bien enojarte con Dios?
Te pido que reconsideres lo que hay en el corazón de Dios, y entonces veas a alguien que tiene un plan más profundo y amoroso para tu vida… aun en medio de esa dolorosa confusión de lo que puedes entender por ti mismo. Puedes estar seguro de que si escoges someter tu camino a Él en esta prueba de fe, su presencia y su provisión serán suficientes para ti.
Él usará esta desilusión, esta angustia, esta circunstancia inimaginable para enseñarte, adiestrarte y cumplir sus propósitos santos y eternos para tu vida.
La opción de enojarte contra Dios solo puede empeorar las cosas y retrasar aún más tu sanidad.
Tomado del libro: Escoja perdonar de Editorial Portavoz