Miopía y egoísmo son evidentes cuando la iglesia no ve más allá de su propia zona.
Las cifras antes hablaban de dieciséis mil quinientos pueblos que no contaban con una iglesia cristiana establecida, luego se bajó a doce mil, un poco más adelante a once mil, y ahora parece ser que la cifra ha bajado más aún, todo lo cual nos señala, obviamente, los asombrosos avances que se están logrando.
Si bien en la mayoría de estos grupos humanos se hacen intentos por anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, lo cierto es que son más de mil trescientos millones de almas que están fuera del alcance evangelístico de cualquier iglesia. Son almas que vagan rumbo a la condenación, sin saber que hay esperanza de vida eterna mediante Cristo Jesús, situación esta muy distinta a la de los millones en nuestros países, que estando también perdidos, tienen, sin embargo, más que suficientes medios a su alcance para poder encontrarse con el Salvador, si tan solo quisieran.
¿Pero qué de los paganos en otros continentes, que viven y parten a la eternidad bajo el poder de las tinieblas que los han dominado desde tiempos inmemorables?
Guerra espiritual, aquí ¿y allá?
Mucho suele hablarse hoy de guerra espiritual, de espíritus territoriales, de atar al hombre fuerte, de liberación, etcétera –y ¡gloria a Dios por ello y por el poder que tenemos en el nombre de que es sobre todo nombre, Jesús!–, pero confieso, francamente, que me preocupa que cuando se habla de guerra espiritual, se hace escasa o nula mención a la espantosa situación que viven millones y millones de almas bajo el Islam, el budismo, el hinduismo y las religiones tribales.
¿Será que estamos tan absortos con lo que sucede aquí que no nos interesa el destino eterno de aquellos millones? ¿Será que el poder que tenemos en Cristo es solo para quienes estén a nuestro alrededor, en nuestra patria, pero para los que están lejos… ¡pues que se encarguen otro!? ¿Será que deberemos continuar enseñando a nuestros feligreses que hagan uso de los recursos sobrenaturales del Espíritu Santo para vencer a las huestes del enemigo aquí, pero guardando un comprometedor silencio sobre la obligación misionera que ellos tienen para un mundo pagano que perece? ¿Será que estamos afanados por el presente tiempo de cosecha evangelística, que pensamos que las misiones son “palabras mayores” para gente más comprometida, para cuando los “nuevos” estén más firme, para más adelante…? ¿Llegará, acaso, el utópico día cuando podamos decir con satisfacción, finalmente, que estamos listos para las misiones?
¿Cómo podremos hacer mención en nuestros encuentros evangélicos del poder de Cristo que libera a los oprimidos por el demonio, aquí, en nuestro medio, y olvidar por completo a los que están tan remotamente apartados de cualquier conocimiento de Cristo, y que estarían anhelando que alguien les lleve la verdad?
Miopía y egoísmo
Me atrevo a decir, que a menos que comencemos a pensar y a clamar seriamente por la salvación de los pecadores en tierras donde el evangelio jamás penetró, y sigamos insistiendo solo en las necesidades locales –o nacionales– pensando solo y ocasional o circunstancialmente en las misiones al extranjero, estaremos evidenciando una vez más –perdón por la franqueza– nuestra miopía y egoísmo.
Y si las misiones a los pueblos paganos no es abordada por los más altos dirigentes evangélicos, al nivel que naturalmente les debiera corresponder por tratarse de una cuestión de semejante importancia, ineludible, entonces, no nos extrañemos si nuestros jóvenes se van con otros movimientos y organizaciones, o lo que es peor, los veamos desinflarse, perdidos para la vocación con que el Señor supo en un momento llamarlos.
Miremos hasta lo último
Es cierto, hemos avanzado en cuanto a las misiones foráneas, pero hasta ahora, los que han salido lo han hecho mayormente a países “cristianos” de Europa o de las Américas, y son escasísimos los que lo han hecho a pueblos realmente carentes del más mínimo conocimiento del cristianismo.
A ellos deberíamos enfocar –¡al fin!– nuestra atención.
Tomado del libro: El despertar de las misiones de Editorial Unilit