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| Greg L. Hawkins |
¿El ministerio suele ser una batalla cuesta arriba. Uno sigue el llamamiento de Dios para su vida, pero las batallas diarias lo dejan preguntándose hacia qué lado debe ir. Luego hay momentos en los que percibe la mano de Dios tan directamente sobre su ministerio que entiende lo que Moisés debe haber experimentado cuando estuvo en la cima del monte con Dios. Y, por supuesto, hay épocas en las que hay muy poco de lo que separa las experiencias en la cima del monte de las batallas cuesta arriba.
En el otoño de 2003, nuestra iglesia (Willow Creek Community) atravesaba una temporada de encontrarse en la cima del monte. Estábamos a un año de abrir un nuevo auditorio con capacidad para 7200 personas sentadas. Y aun así yo sabía que, después de que el entusiasmo de la gran inauguración pasara (y de que la gente hubiera decidido dónde sentarse), pronto comenzarían a preguntar: "¿Y ahora qué? ¿Cómo usaremos este espacio nuevo y hermoso para llegar a nuestra comunidad y causar un impacto en el mundo?". Su pregunta me parecía muy razonable, considerando que se habían sacrificado y donado decenas de millones de dólares para la causa.
Anticipando esa pregunta, sabíamos que era momento de hacer una planificación estratégica. Necesitábamos comprender lo que Dios quería que nuestra iglesia hiciera durante los próximos meses, y el planeamiento estratégico es una herramienta útil que nos había servido bien en el pasado. Así que avanzamos; convencimos al personal principal, a los ancianos y a la junta de directores de que participaran en un proceso altamente colaborativo.
Nos hicimos tres preguntas
¿Dónde estamos? Antes de mirar hacia el futuro, debíamos dar un paso hacia atrás y decirnos a nosotros mismos la verdad acerca de lo que realmente sucedía en nuestra iglesia y en nuestra comunidad. Necesitábamos asirnos de respuestas honestas a preguntas como: ¿Estamos desarrollando bien nuestra misión? ¿Por qué la gente viene a la iglesia? ¿Por qué la gente se marcha? ¿Cuál es nuestra habilidad distinguible, lo que hacemos mejor ahora? ¿Cuáles son nuestras realidades financieras y de facilidades? ¿Cuáles son las necesidades apremiantes de nuestra comunidad y de la región? Necesitábamos definir nuestra realidad actual.
¿Qué vemos? Específicamente necesitábamos preguntarnos: ¿Qué vemos en el futuro? ¿Qué sentimos que Dios quiere hacer a través de nuestra iglesia en los próximos cinco años? ¿Qué imagen del futuro enciende la pasión de todos? Necesitábamos una visión clara.
¿Cómo llegamos allí? Solo después de tener en claro nuestra realidad actual y nuestra visión, podríamos responder a esta pregunta. Necesitábamos determinar las acciones específicas que nos ayudarían a cerrar la brecha entre el lugar donde estábamos y el lugar al que queríamos llegar. Necesitábamos definir estrategias específicas que pudiéramos adoptar y necesitábamos declarar nuestras prioridades para poder administrar nuestros recursos con sabiduría. Necesitábamos un plan de acción.
Cómo llegamos a comprender
Comenzamos con la primera pregunta –¿Dónde estamos?–, para comprender lo que realmente sucedía en nuestra iglesia. Para responder con precisión, sabíamos que necesitábamos más que la mejor opinión de cada uno sobre lo que realmente funcionaba y lo que no funcionaba en nuestra iglesia. Necesitábamos una investigación sobre la congregación.
Hicimos nuestra primera investigación en 1992 y hemos continuado encuestando a nuestra congregación cada tres años para aprender toda clase de cosas. Queremos saber, en primer lugar, por qué la gente viene a nuestra iglesia. Queremos saber en qué programas y actividades están involucrados. Queremos saber dónde viven para tener mejor idea de nuestro impacto en las diferentes comunidades que rodean a la iglesia.
A través de los años, las perspectivas de estas encuestas le dieron forma –una y otra vez– a nuestra manera de pensar e influyeron directamente en nuestros planes. Por ejemplo, en 1995 descubrimos que un tercio de nuestra congregación conducía más de treinta minutos para asistir a nuestros servicios. Averiguamos que estas personas no invitaban a sus vecinos y amigos no religiosos a los servicios ni se involucraban en otros ministerios estratégicos. Básicamente, descubrimos que más del 30% de nuestra congregación no participaba en nuestra misión de convertir a gente no religiosa en seguidores devotos de Jesucristo.
Esa visión aleccionadora de una realidad actual nos forzó a hacernos algunas preguntas duras. ¿Plantamos nuevas iglesias más cerca de esta gente? ¿Los alentamos a asistir a una iglesia más cercana a donde viven? ¿No hacemos nada y nos alegramos de que al menos asistan a alguna iglesia? No eran respuestas sencillas, y luchamos con estos asuntos por varios años. Finalmente en 2000, avanzamos con planes para lanzar una estrategia ministerial regional que, hasta el momento, ha resultado en cuatro centros adicionales con más de cinco mil personas que ahora asisten a la iglesia más cerca de sus hogares. Sin la base de esta investigación, estoy convencido de que nuestra planificación estratégica jamás habría marchado en esta dirección.

Descubrimos muchas cosas más, algunas de las cuales nos dejaron perplejos. A través de la Cumbre Global de Liderazgo y de nuestros materiales, queremos transmitir lo que descubrimos.
Tomado del libro: Descubra de Editorial Peniel