Cuenta la historia que un hombre se entrenó durante mucho tiempo para realizar una expedición por el Aconcagua. Ya había escalado hacía dos años, pero esta vez quería hacerlo completamente solo.
Entonces se preparó físicamente hasta que su entrenador le dijo que consideraba que estaba en forma como para enfrentar dicho reto.
Así que una mañana bien temprano, se lanzó a la aventura de llegar a la cima de la montaña. Durante las primeras horas, la travesía le fue agradable y todo estaba bajo su control. Durante la tarde, el hombre debió hacer algunas paradas para recuperar el aliento y beber agua. No podía darse el lujo de deshidratarse o de sufrir un cansancio extremo. Sabía que tenía que ser prudente en cada paso, y que para eso debía seguir al pie de la letra con el plan que había armado antes de salir.
Pero la noche se acercaba y la oscuridad se hacía más densa. El cansancio se hacía sentir con más intensidad y el viento le golpeaba el pecho con más fuerza.
En su mente solo habitaba la idea de llegar hasta la parada donde pasaría la noche; no le faltaba mucho, tan solo unos mil metros más. Pero un incidente retrasó su llegada.
Una piedra pequeña hizo que diera un paso en falso y que tropezara cayendo hacia el abismo. Voló unos cuantos metros hacía abajo, hasta que la soga que lo sujetaba encontró su tope. El hombre quedó colgado en el medio de la nada, en total oscuridad y con la compañía del viento que helaba sus mejillas.
Desesperado, buscó alguna solución que lo liberara de aquel momento, pero en nada hallaba la salida a su problema. Con gran congoja, comenzó a clamarle al Dios en el cual siempre había creído.
–Dios, por favor te pido, sácame de aquí. Libérame de este momento horrible. Acude a mí y ayúdame.
El eco copiaba las palabras a montones, logrando que a Dios le llegara más de una oración.
El hombre clamó, clamó y clamó... Y Dios respondió:
–Bien, hijo mío. ¿Confías en mí?
–Sí, Señor. Claro que confío –contestó aquel hombre.
–¿Realmente confías en mí? –volvió a preguntar Dios.
–Sí, Dios, líbrame de esto.
–Bien –dijo Dios–. Corta la cuerda.
El hombre quedó atónito.
–Señor, ¿cómo que corte la cuerda? Caeré al vacío y moriré –argumentó.
–Si confías en mí, corta la cuerda –repitió Dios.
Pero el hombre no lo hizo. El miedo paralizó su espíritu... y el viento congeló sus huesos.
A la mañana siguiente un grupo de rescate halló a este hombre colgado de una cuerda... a tan solo dos metros del suelo.
Cuando escuché esta historia, me vinieron a la mente más de una oportunidad –muchas más que una– en las que mi confianza no había pasado la prueba, en las que la fe de la cual cantaba o hablaba había quedado reducida a palabras.
¿Te ha pasado a ti también? ¿Has experimentado momentos en que tu confianza en Dios fue probada a fuego y, mirando hacia atrás, ves que no saliste aprobado?
Tengo dos buenas noticias para ti. La primera es que ¡no eres el único al que le ha pasado! Todos hemos vivido situaciones en las que los resultados no fueron los mejores, todos guardamos esos amargos recuerdos en los que fallamos cuando se trataba de confiar en Dios.
Si bien esto no figura en el estante de nuestros mayores logros, es importante notar que nuestra historia no termina igual a la que relaté al comienzo de este artículo. Si bien no hemos salido aprobados, tampoco nos hemos muerto. Nuestra historia aún no termina. Esos pequeños “fracasos” –por llamarlos de alguna manera– nos ayudan a crecer, a fortalecernos y a aprender para los futuros acontecimientos… porque si piensa que su fe solo es probada una vez, lamento desilusionarlo, porque no es así. Tome esas experiencias y úselas como recursos para lo que sea que le toque vivir.
La segunda noticia es que tenemos un Dios que no dejará que nuestros huesos se congelen; Él acudirá a nuestra ayuda y nos salvará, tal como lo hizo con el apóstol Pedro cuando intentó caminar sobre las aguas. El Señor probará nuestra confianza, nos encontraremos envueltos en situaciones de crisis en las que solo escucharemos la voz de Dios que nos dice: “Corta la cuerda”. Y es allí donde tendremos que tomar la decisión. ¿Nos arriesgaremos a lanzarnos a las manos de Dios sin saber lo que nos espera? ¿Seremos capaces de demostrar con hechos que creemos que Dios jamás nos pedirá algo o nos dará una orden que nos haga daño, nos traiga sufrimiento o nos hiera? Porque si alguien nos preguntara si creemos que Dios es capaz de traernos algún mal, creo que todos responderemos que no. Sin embargo, en el momento de crisis donde todo está oscuro, puede que las cosas cambien.
Con todas estas palabras, puedes imaginarte cuál es mi desafío para este tiempo: lanzarnos hacia los brazos de Dios aunque solo podamos escuchar una voz que habla a nuestro espíritu. Que seamos capaces de creerle con todo nuestro ser, a cada promesa y a cada palabra que el Señor nos haya dado. Sabemos que Él no fallará ni faltará a su palabra, pero llegará el momento en que tendremos que demostrarlo.
Es mi deseo que Dios pueda hallarnos a ti y a mí, hijos fieles que se entregan a Él sin reservas, sin importar lo que sus ojos vean ni lo que el corazón sienta. Porque en definitiva sabemos que Él nos ama y jamás nos fallará.
Dios lo bendiga.
Evangelina Daldi
evangelina@peniel.com