Los días que hemos vivido en torno al tema del matrimonio homosexual, han expuesto a un sinnúmero de debates. Por qué sí, por qué no; es moralmente correcto, no lo es; es normal o no; quién establece lo que es normal o aquello que no lo es; puede una pareja del mismo sexo adoptar chicos, no debe hacerlo; traerá consecuencias sobre el niño, no lo hará... Todos estos interrogantes intentaron ser respondidos en programas de televisión, radio, foros, blogs y tantos otros medios que brindan espacio para la expresión del hombre.
No es mi intención hablar sobre este tema; ya en ediciones anteriores hemos expuesto cuál es nuestra posición al respecto. Pero sí quisiera hablar sobre la actitud y predisposición que muchas veces tenemos nosotros, los cristianos, con respecto a los temas en boga.
Con mucha pena he llegado a la conclusión –con la que usted puede coincidir, o no– de que estamos poco capacitados para sostener un debate racional con aquellas personas que ideológicamente se encuentran lejanas a nosotros. A la hora de discutir sobre la naturaleza de ciertos temas, su alcance y demás características, nos encontramos sin herramientas que nos permitan tener un debate sostenido, con argumentos firmes basados no solamente en la fe, sino también en la razón.
No me malinterprete, los hijos de Dios vivimos y viviremos siempre por fe; no estamos poniendo en duda ese factor. Lo que decimos es que no siempre somos capaces de acompañar la fe con la razón. Claro que usted puede pensar que hay ciertos temas que no pueden ser explicados ni entendidos con nuestra mente finita, y muchos menos puestos en palabras que logren reflejar fielmente lo que queremos decir. Pero nos referimos a nuestra disposición por ahondar más en los asuntos que conciernen a nuestra vida en sociedad, a fin de poder fortalecer nuestras creencias para luego presentarlas a aquellos que aún no conocen al Señor, ni su propuesta para vivir la vida.
Hace no muchos días estaba cenando con un matrimonio amigo y conversamos sobre el tema de la crianza de los hijos en medio de un ambiente hostil que propone, entre muchas otras cosas, el matrimonio homosexual como algo natural. Hasta que en un momento ellos dijeron:
–Gracias a Dios todavía existen escuelas cristianas que pueden mantener a nuestros hijos lejos de esas malas influencias.
Eso quedó resonando en mi cabeza. ¿Debe ser así? ¿Ese debe ser nuestro pensamiento? ¿Lo mejor que puede pasarnos a nosotros y a las generaciones futuras es mantenernos alejados y exentos de las influencias que peligran nuestras creencias?
¡No! Sostengo que nuestra tarea no es alejarnos de las ideas –y mucho menos de las personas– que se contraponen a las nuestras. La solución no es huir de lo desconocido, de lo contrario ni de lo diferente. La solución está en acercarnos y conocer de cerca aquellas ideas que difieren con las nuestras; porque una vez que estemos cerca seremos capaces de aprender, conocer causas, poner en contexto las demás ideas, y esto traerá como resultado el fortalecimiento de nuestros fundamentos.
Sabemos que Dios es la verdad y que el modo de vida que Él propone es el único capaz de hacernos felices y el único que permitirá que se cumpla el propósito por el cual fuimos creados. De eso no hay ninguna duda. Pero fallamos a la hora de defender aquello que pensamos, nos quedamos mudos frente a argumentos inválidos pero más firmes que los nuestros, y no siempre somos capaces de cuestionar nuestros paradigmas a fin de hacerlos más fuertes.
Allí está la clave: en poder conocer las ideas distintas, para que una vez analizadas desde otras perspectivas, seamos capaces de responder frente a los interrogantes de un mundo que camina hacia la decadencia. Pero también tenemos que tener la valentía para poner bajo la lupa nuestras propias creencias, a fin de fortalecerlas y enriquecerlas para que puedan ser argumentos –tanto desde la fe, como desde la razón– válidos, no solo para nosotros, sino también para otros, y que sirvan como una guía clara hacia la verdad para aquellos que andan sin la luz de Cristo.
Esta es nuestra responsabilidad y nuestro desafío. Debemos prepararnos para lo que sea que venga. Ayer debatíamos la ley del matrimonio gay, mañana no sabemos con qué vamos a encontrarnos. Pero lo que sea que venga, debe encontrarnos firmes, parados sobre un fundamento sólido que es La Palabra de Dios, aceptada por la fe pero también entendida con la razón.
Hasta la próxima.
Evangelina Daldi
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