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| Sam Hinn |
Para cuando se acercaba nuestra primera conferencia “Encuentro de águilas”, un querido amigo mío, un profeta de Dios que ha hablado a mi vida y a mi cuerpo en varias oportunidades, tenía una palabra para nosotros.
Le conté que estábamos por comenzar cuarenta días de ayuno y oración, a modo de preparación para la conferencia, a lo que dijo:
–Esto es extraño. Dios me ha dado una palabra pero no es como las que he recibido antes. Él me ha dado una fecha: el 24 de septiembre.
De inmediato, tomó su computadora y buscó en Las Escrituras Hageo 2:18: “Reflexionen desde hoy en adelante, desde el día veinticuatro del mes noveno, día en que se colocaron los cimientos de la casa del Señor. Reflexionen: ¿Queda todavía alguna semilla en el granero? ¿Todavía no producen nada la vid ni la higuera, ni el granado ni el olivo? ¡Pues a partir de hoy yo los bendeciré! El día veinticuatro del mismo mes vino por segunda vez palabra del Señor a Hageo: ‘Di a Zorobabel, gobernante de Judá: Yo estoy por estremecer los cielos y la tierra. Volcaré los tronos reales y haré pedazos el poderío de los reinos del mundo. Volcaré los carros con sus conductores, y caerán caballos y jinetes, y éstos se matarán a espada unos a otros. En aquel día –afirma el Señor Todopoderoso– te tomaré a ti, mi siervo Zorobabel hijo de Salatiel –afirma el Señor–, y te haré semejante a un anillo de sellar, porque yo te he elegido’, afirma el Señor Todopoderoso’”.
Durante varias semanas, muchos de nosotros en nuestra congregación comenzamos a sentirnos cada vez más incómodos en nuestro caminar con Dios. La palabra que el Señor me había dado durante ese tiempo era que Él estaba introduciendo a su pueblo en un lugar de incomodidad divina.
La incomodidad no siempre es diabólica o “mundana”. Las cosas nuevas que Dios tiene para nosotros suelen ser incómodas. El cambio no siempre es fácil. Lo desconocido nos tienta a volver hacia lo que nos es familiar. Nuevas etapas traen vientos de cambio y nos introducen en un territorio desconocido. Así, la incomodidad choca con nuestra rutina sistemáticamente organizada.
No siempre la lluvia es bienvenida. La lluvia interrumpe el flujo normal de traslado de un lugar a otro. El hombre de campo debe parar de arar, de sembrar o de recoger su cosecha cuando llega la lluvia. Los mejores planes se ven arruinados. Si se planeó un picnic, la lluvia obliga a los aventureros a cambiar de planes.
La lluvia puede causar una inundación, problemas en los puentes, y puede forzarnos a tomar una ruta alternativa a la que teníamos pensada.
Decidir lavar la ropa y colgarla para que se seque en el sol puede ser un problema. La lluvia en este caso va a demorar el proceso de secado hasta que el sol salga nuevamente.
Con la lluvia llega la interrupción. Planes cambian. Viajes se ven alterados. Rutas varían. Se marca una nueva etapa. Quizá usted siempre piensa en la lluvia como algo que refresca, renueva, limpia y da vida. Y todo eso es verdad, pero hay más.
El tiempo bíblico de la lluvia tardía, era el tiempo de la Fiesta de los Tabernáculos. Allí el Señor quería que los hijos de Israel salieran de sus casas y construyeran tiendas de cañas y ramas en el desierto: celebrarían al Señor durante siete días. Dios les dijo: “Yo quiero que salgan del lugar en donde ustedes están cómodos, que salgan de la casa que los repara de la lluvia que está por venir. Quiero que salgan de sus casas, que se queden aquí y que durante siete días me construyan un hogar y celebren”.
Durante siete días ellos dejaban sus hogares, construían cabañas o enramadas, y celebraban la fiesta de las enramadas. Eso los sacaba de un techo limitado y los ponía bajo un cielo ilimitado. El Señor les dijo: “Yo los quiero introducir en un lugar de divina incomodidad porque quiero que avancen. Han estado demasiado cómodos en sus casas. Quiero que me construyan un hogar que se encuentra bajo un cielo sin límites”.
No se tratata de construir un lugar para estar cálidos, secos y confortables.
El Señor quiere que salgamos de nuestros lugares de confort porque Él tiene un nuevo tiempo preparado para nosotros.
¿Qué es lo que impidió que la lluvia sea derramada sobre usted? ¿Habrá algo en usted que impide que la lluvia del Señor inunde su vida? Lo aliento a que pueda deshacerse de todo lo que no lo deja avanzar hacia lo nuevo que Dios tiene preparado. Si sigue bajo su techo, si sigue sin poder ver las estrellas que se dibujan en el cielo, entonces vivirá una vida limitada, con sueños pequeños y sin un destino del tamaño que el Señor ya ha planificado para su vida.
Pero si es capaz de abandonarse en los brazos del Señor, si todos somos capaces de experimentar eso nuevo que Él tiene para cada uno de nosotros, entonces preparémonos porque ¡la cosecha será grandiosa!