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Editorial
 
Dispuestos a lo nuevo
Oct | 2007 (GMT-3)

Laura Bermúdez
Laura Bermúdez
Cuántos recuerdos de aquellos primeros días de campañas. Cuánta sorpresa. Cuántas dudas. Era todo tan distinto a lo que estábamos acostumbrados… no fue fácil para muchos sumarse al entusiasmo, ritmo y luces de las campañas… yo entre ellos.

Recuerdo a la gente caída en el piso de mi iglesia en City Bell, cuando por primera vez vino Carlos Annacondia a visitarnos, antes de que el avivamiento por medio de las campañas nos desbordara.
– Todos caídos en el piso ¡como muertos! –era mi comentario. No me gustaba. Me acuerdo que el hermano Carlos oraba por aquellos que todavía permanecíamos de pie, uno por uno; se acercó a mí y me dijo:
– Voy a orar por vos.
– No quiero que me tire… –le dije.
– Yo no te voy a tirar, es el Espíritu el que lo hace –me respondió con voz serena y segura.
Entonces, ¡me senté! (por las dudas) y él oró por mí de todos modos. No me caí, no sentí nada. Es que con semejante dureza de corazón ¡cómo se esperaba que recibiera algo!

Los hermanos más sencillos, humildes y hambrientos de bendición “se recibían todo”, eran la mayoría, gracias a Dios. Otros –yo entre ellos– mirábamos y “supervisábamos” lo que sucedía.
Para muchos era nuestra primera experiencia con un avivamiento, y los avivamientos son así: “Ponen a la iglesia patas para arriba”, dice Annacondia en la entrevista que aparece en este número.
Finalmente, me distendí y comencé a disfrutar.

Carlos AnancondiaTambién me acuerdo una noche en Villa Elisa, después que las campañas de La Plata, Berisso y Ensenada se conocieran en el país y en el extranjero, cuando se realizaba una campaña apoyando la iglesia del lugar; era pleno invierno. Muchos teníamos gorros de lana en la cabeza ¡qué terminaron duros por la escarcha! Estábamos bien abrigados, pero la campaña era al aire libre, sobre el pasto húmedo de la noche. Sin embargo, no sentíamos frío, para nada.
Era tal el entusiasmo y la gloria de esas noches que no nos afectaban las bajas temperaturas.

Cuando Carlos terminó de predicar, bajó de la plataforma para orar por la gente. Yo estaba trabajando en la cadena de ujieres, al costado de la plataforma. Él, antes de orar por las personas que habían responddo al llamado, lo hizo por la cadena. Uno por uno iban cayendo como mosquitos ante el Fuyí. Llegó mi turno, estaba observando lo que pasaba y no fui consciente de que ¡ya me llegaba el turno a mí! Él apenas rozó con su mano mi frente y ahí caí suavemente como sobre un colchón de ángeles.

Fue una sensación hermosa, mi primera experiencia con las caídas en toda mi vida de creyente. Dios sabía que en algún momento se encontraría conmigo y me enseñaría su novedosa manifestación. Después de esa hubo otras, mi actitud había cambiado.
Algo aprendí en esos tiempos: entendí que no debía juzgar las manifestaciones del Espíritu, sí discernir, pero con un corazón abierto a lo nuevo, sin preconceptos, con la expectativa de una niña.

Sé que buena parte de los que leen este “número aniversario” pueden contar experiencias como estas y tantas otras. Milagros, prodigios y maravillas, visitaron a nuestro país. Dios derramó lo que nunca habíamos imaginado, por pura gracia, por su inmenso amor.
Muchos han profetizado y anuncian en este tiempo la llegada de un derramamiento como nunca antes visto. Que nos asombrará. El último y gran despertar de Dios para la humanidad.

Que podamos esperarlo con expectativas, y que cuando llegue y nos sorprenda, quizá con algo nuevo que nunca hemos visto, que nuestra actitud sea la correcta.
Que nos ciñamos la ropa como hizo Pedro, cuando desde la barca vio a Jesús a la orilla del lago, y sin importar si el agua está fría nos zambullamos rápidamente y lleguemos delante del Él antes que los demás.

Dios te bendiga.
Laura Bermúdez


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