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Creemos en la resurrección
Mar | 2007 (GMT-3)

¿Sucedió de verdad este acontecimiento sin el cual nuestra fe es vana? ¿Cómo podemos estar seguros?
Tenemos evidencias suficientes para avalar nuestra creencia.

Philip Yancey
Philip Yancey
Los primeros cristianos lo apostaron todo en la resurrección, tanto que el apóstol Pablo escribió a los corintios: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”.
Quienes descartan la resurrección de Jesús suelen describir a los discípulos en una de dos formas: o como palurdos crédulos que tenían debilidad por los relatos de espíritus, o como conspiradores mañosos que inventaron la trama de la resurrección como una forma de dar empuje a su nueva religión. La Biblia ofrece un cuadro muy diferente.

En cuanto a la primera teoría, los evangelios describen a los seguidores de Jesús como los más desconfiados respecto a los rumores acerca de un Jesús resucitado. Sobre todo un discípulo, “el incrédulo Tomás”, se ha ganado la reputación de escéptico, pero en realidad todos los discípulos mostraron falta de fe. Ninguno de ellos creyó lo que las mujeres contaron acerca del sepulcro vacío; “locura” lo llamaron. Incluso después que Jesús se les hubo aparecido en persona, dice Lucas: “todavía ellos (…) no lo creían”. Difícilmente se pueden considerar como crédulos los once, a quienes Jesús había reprendido por obstinarse en no creer.

La otra opción, la teoría de la conspiración, se cae por sí misma cuando se examina de cerca, porque si los discípulos habían planeado elaborar un relato perfecto que sirviera para encubrir los verdaderos hechos, fracasaron rotundamente. Chuck Colson, quien participó en una conspiración fútil después del allanamiento de Watergate, dice que los encubrimientos solo funcionan si todos los participantes mantienen un frente único de seguridad y competencia. Esto, sin duda, no lo hicieron los discípulos.
Los evangelios muestran a los acobardados discípulos en habitaciones cerradas con llave, atemorizados de que lo mismo que le había ocurrido a Jesús les pudiera suceder a ellos.

CruzDemasiado temerosos incluso para asistir al entierro de Jesús, dejaron que unas mujeres se ocuparan del cuerpo. (Irónicamente, porque a pesar de que Jesús había cuestionado las restricciones del sábado contra las obras de misericordia, las concienzudas mujeres esperaron hasta la mañana del domingo para completar el proceso de embalsamamiento).
Los discípulos parecen totalmente incapaces de fingir una resurrección o de arriesgar su vida con el robo de un cuerpo; ni siquiera se les pudo haber ocurrido en el estado de desesperación en que se encontraban.

Según los cuatro evangelios, las mujeres fueron los primeros testigos de la resurrección, hecho que ningún conspirador en el siglo primero hubiera inventado. Los tribunales judíos ni siquiera aceptaban el testimonio de testigos femeninos. Un encubrimiento deliberado hubiera atraído la atención sobre Pedro o Juan o, más aún, sobre Nicodemo, y nunca se hubiera fundado en informe de mujeres. Como los evangelios se escribieron varias décadas después de los sucesos, los autores tuvieron mucho tiempo para corregir dicha anomalía; a no ser, desde luego, que no estuvieran fraguando un leyenda sino contando los conocidos hechos.

Una conspiración también hubiera depurado los relatos de los primeros testigos. ¿Había habido dos personajes vestidos de blanco o solo uno? ¿Por qué María Magdalena confundió a Jesús con un hortelano? ¿Iba sola o con Salomé y la otra María? Los relatos del descubrimiento de la tumba vacía suenan sin vida y fragmentarios. Las mujeres, según Mateo, salieron del sepulcro “con temor y gran gozo”. “Se espantaron”, dice Marcos. Jesús no hace una entrada teatral, bien elaborada, para acallar todas las dudas; los primeros informes parecen frágiles, misteriosos, confusos.
El Jesús que nunca conocí  Sin duda que los posibles conspiradores hubieran descrito mucho mejor lo que más tarde iban a pretender que era el acontecimiento fundamental de la historia.

Tomado del libro: El Jesús que nunca conocí de Editorial Vida
Philip Yancey


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