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| Paul J. Meyer |
En cierta ocasión, un empleado vino a mi oficina y me hizo la siguiente confidencia:
– No creo que vaya a vivir mucho tiempo más, y le quisiera pedir si por favor puede encargarse de que mi esposa quede bien atendida.
Aquello me tomó por sorpresa, ya que físicamente este hombre no tenía nada, pero por alguna razón él no creía que le quedara mucho tiempo de vida. Le respondí inmediatamente:
– Entonces vamos a hacerle un seguro de vida.
Ahora era él quien creyó que yo estaba bromeando, pero siguió adelante y obtuvo su póliza, para lo cual, naturalmente, pasó el examen médico, ya que gozaba de buena salud. Antes que pasaran noventa días el hombre murió de un aneurisma cerebral.
Si bien fue la compañía la que sacó la póliza, hice que pusieran a su esposa como beneficiaria. Además, le pagué la mitad del sueldo de su esposo durante diecisiete años, hasta que ella pudo obtener sus fondos del seguro social. Incluso pedí a una persona que administrara el dinero de su seguro, para que continuara aumentando y la viuda pudiera seguir viviendo en la misma casa, tener el mismo tipo de automóvil, etc.
¿Para qué todo el esfuerzo y el gasto, si yo no estaba obligado legalmente ni siquiera a mover un dedo? Porque hace mucho tiempo decidí ser un hombre de palabra, sin importar lo que pudiera costarme. Le había dicho a mi amigo, hacía muchos años, que me ocuparía del bienestar de su esposa, y cumplí mi palabra porque mi palabra me compromete.
¡Póngalo por escrito!
Desde los años cincuenta muchas cosas han ido cambiando progresivamente. De un apretón de manos pasamos a una hoja de papel firmada, y de un documento de diez páginas a incontables resmas de papel, porque un contrato ya no es lo que solía ser.
Con cada año que pasa, las personas van perdiendo la confianza cada vez más, y se tornan más suspicaces. La forma en que aumenta el tamaño de los contratos –y la cantidad de abogados que se necesitan para explicarlos– es otro indicio de que ha crecido la desconfianza. Ya sea por codicia, deshonestidad, incredulidad o como resultado de haber sido víctima de abusos, el mundo ha cambiado, y es un cambio que da tristeza.
Yo no fui criado de esa manera. Se me insistía que fuera honesto, lo que significaba que debía tener los siguientes atributos: ser cumplidor, ser responsable, ser digno de confianza, mostrar credibilidad.
Me enseñaron que uno debe decir lo que piensa y ser veraz en lo que dice, y ganarse la confianza de los demás, de manera que si uno ofrece hacer algo, todos puedan confiar en que lo hará, tanto si lo dice como si lo pone por escrito. Creo que gracias a haber sido honesto, Dios me ha honrado, protegido y bendecido.
Ser cumplidor tiene sus ventajas
Aunque los abogados siguen tildándome de loco, yo todavía "firmo" los tratos con un apretón de manos. Hace poco vi un complejo habitacional en venta. Entré y hablé con la dueña. Resultó ser que su esposo estaba enfermo y hospitalizado, y ellos no sabían qué hacer, no comprendían el sistema de impuestos, y tampoco sabían cómo manejar el dinero en el caso de que, en efecto, la propiedad llegara a venderse.
Le aconsejé que donara el complejo a un seminario local, y el seminario, a cambio, les proveería el sustento a ella y a su esposo por el resto de su vida.
Después de examinar mi sugerencia, la mujer accedió, de manera que sus problemas económicos quedarían resueltos, pero para mí esto significaba que ya no podría comprar el inmueble. Entonces, seis meses después ocurrió algo inesperado: los encargados del seminario llamaron para preguntarme si me interesaría comprar un complejo habitacional que habían recibido recientemente. ¡Ellos ni siquiera sabían que se trataba del mismo complejo!
De la misma manera he comprado y vendido automóviles antiguos por teléfono, confiando sencillamente en la palabra de la otra persona. Generalmente nadie compra algo sin haberlo visto, pero yo he vendido entre el 70 y el 80% de mis automóviles antiguos diciéndole a la persona que está al otro lado del teléfono: "Le doy mi palabra", y no han quedado desilusionados.
Habiendo en estos tiempos tan pocas personas que confíen en otras, a menudo me siento como de otra era.
El valor de cumplir la palabra
Las personas creen y confían en mí porque mantengo mi palabra; no porque yo diga que haré algo, sino porque efectivamente prosigo y hago lo que dije que haría. La intuición parecería indicar que no es tan difícil que uno mantenga su palabra, pero la cantidad cada vez mayor de promesas incumplidas demuestran lo contrario.
Bill Nix es un hombre de negocios, presidente de WorkLife Company y de los ministerios Faith@Work. Afirma que la confianza es "el cimiento sobre el cual se construyen las relaciones. El cumplimiento de las promesas es el pegamento, la sustancia de nuestro carácter que impide que el fundamento de la confianza se resquebraje". También señala que las demandas por discriminación en los lugares de trabajo han aumentado en un 2.200% desde 1980. Creo que no es más que la consecuencia de que las promesas no se cumplan.
Porque una persona olvide la promesa que hizo, no creo que esté de ninguna manera excusada de cumplirla. Debería entonces aprender a no hacer promesas que no cumplirá, o bien escribirla y ponerla a buen recaudo. Lo cierto es que las personas –por lo general– no rompen solo una promesa… sino muchas.
Tomo tan en serio lo que digo que actualizo mi testamento regularmente, escribiendo en él las promesas que he hecho a ciertas personas, y tachando las que he cumplido. Mi razonamiento es que si no puedo hacer lo que digo que haré, entonces no tengo ningún derecho a ni siquiera abrir la boca delante de otras personas. Mi palabra no solo indica mi compromiso, sino que también sirve para medir mi calidad humana. Si no cumplo mi palabra, entonces todos mis consejos, sabiduría, palabras de ánimo, recomendaciones, etc., son sospechosos.
Hay aun otro punto importante: reconozco que para lograr cualquier cosa en la vida, necesito a otras personas. Si rompo mis promesas, de ninguna manera podré alcanzar mis metas, ¡porque simplemente no ocurrirá! Las personas son un ingrediente primordial en el logro de todo objetivo, y si les doy mi palabra, es sumamente importante que la cumpla.
Hace años conocí a siete jóvenes que deseaban poder estudiar una carrera universitaria. Les dije que los ayudaría, y que debían escribirme una carta diciéndome qué planes tenían para después de graduarse. Por increíble que parezca, ¡solo una me escribió! Era una joven, que obtuvo el cumplimiento de su deseo –hice que entrara en la universidad–, pero nunca entendí por qué los otros seis nunca aceptaron mi oferta. Tal vez los habían estafado tantas veces en el pasado, que no podían creer que esta vez fuera cierto.
Nuestro "sí" debe significar "sí", y nuestro "no" debe significar "no", tal como dijo Jesús en Mateo 5:37. Ello redundará en confianza, respeto, aumento de la productividad, crecimiento, paz interior y muchos beneficios más. ¡Qué diferente sería el mundo si todos cumpliéramos nuestras promesas!
Cumplo mi palabra para bien
Cuando alguien me promete algo, creo que lo hará y tomo nota para recordárselo en un par de semanas. Si para entonces me dice que no podrá cumplirla, borro de mi mente la promesa. Aunque esté decepcionado, el cumplimiento de la promesa queda en sus manos, de modo que yo me desprendo de ella y no lo tomo en cuenta. Esto me anima a ser un hombre de palabra.
Hubo una época de mi vida en la que parecía que todas las personas y todas las cosas estaban contra mí. La compañía de seguros para la que trabajaba fue del esplendor a la quiebra en un fin de semana, cuando los dueños sencillamente se fueron, llevándose consigo todo el dinero y los equipos. Yo también podía haberme ido, incluso hubo abogados que me aconsejaron hacerlo, pero decidí quedarme y ayudar a poner todo nuevamente en orden.
Cuando aquella tarea terminó, yo había usado más de un millón de los dólares que había ganado con mucho esfuerzo para arreglar lo que yo no había roto. En ese preciso momento me di cuenta de que todo el dinero del mundo no podía valer más que mi palabra, porque mi palabra me compromete.
Tomado del libro: Las 25 llaves de un buen legado de Editorial Peniel