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Cuidémonos de la somnolencia espiritual
Sep | 2008 (GMT-3)

Para que los sueños se hagan realidad, hay que estar despierto. "Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo" (Efesios 5:14).

Francis Frangipane
Francis Frangipane
Solo porque caminamos y hablamos no significa que realmente estemos despiertos. Zacarías no estaba dormido cuando lo levantó un ángel "como un hombre que es despertado de su sueño" (Zacarías 4:1).

Tal vez nosotros también tengamos que ser sacudidos de nuestro sueño para poseer las promesas de Dios. Asombrosamente, a pesar de todas las señales, prodigios y advertencias que anuncian que realmente estamos en los últimos días, Jesús también dijo que hay una misteriosa somnolencia a la que tenemos que sobreponernos. Ciertamente, tras resaltar las diversas pruebas del final (ver Mateo 24), Él comparó a la Iglesia con unas vírgenes que "cabecearon todas y se durmieron" (Mateo 25:5).

Este fenómeno es algo con el que todos luchamos: la tendencia a adormilarnos espiritualmente y perder la concentración mientras esperamos el retorno del Señor.

Hay actividad sutil del enemigo que apaga nuestra percepción y seduce nuestro fervor. Nuestra visión toma un lugar secundario ante otros aspectos menos importantes de la vida. Desde el principio, la voz de Satanás ha tenido este efecto adormecedor sobre la humanidad. La excusa de la desobediencia de Eva fue "La serpiente me hizo olvidar" (Génesis 3:13, según la traducción literal inglesa de Young, Young’s Literal Translation).

Este sentido de despiste espiritual, somnolencia, es la nube de ceguera que todos debemos discernir y vencer. El Espíritu Santo se refería a esto cuando me habló al corazón a través del siguiente sueño.

Si quieres que tu sueño se haga realidad, debes despertar
Había un templo en un campo abierto. Mi vista del templo era lateral, a unos 180 metros de distancia. No podía ver su fachada, pero debía estar totalmente abierto porque del interior resplandecía una gran luz. Oscilaba como si fueran relámpagos, pero era sólida como la luz del sol. La columna luminosa salía en línea recta, y supe que esta luz era la gloria de Dios.

El templo estaba tan cerca que supe que con poco esfuerzo podría entrar en la gloria de Dios. Su santa presencia estaba claramente a mi alcance. También había otras personas delante de mí a quienes reconocí como gente de mi iglesia. Todos parecían estar ocupados. Y cuando el templo y su luz fueron visibles y accesibles a todos, cada cabeza estaba inclinada hacia abajo y vuelta en dirección opuesta a la luz. Cada cual estaba ocupado con otras cosas.

DormidoOí decir a una persona: "Tengo que lavar la ropa", otro dijo: "Debo ir a trabajar". Pude ver a gente que leía periódicos, miraba la televisión y comía. Estaba seguro que todos podrían ver la luz si quisieran, incluso estaba seguro que todos sabíamos que su gloria estaba cerca.

Había aun menos personas leyendo La Biblia y orando, pero todos seguían con la vista hacia abajo. Cada cual tenía algún tipo de barrera mental entre ellos mismos y el lugar de la presencia de Dios. De hecho, nadie parecía capaz de ponerse en pie, girar ni caminar con seguridad hacia la gloria de Dios que estaba tan cerca.

Mientras miraba, de pronto, mi esposa levantó la cabeza y vio el templo en el campo. Se puso de pie y caminó sin esperar, hacia la fachada abierta. Al acercarse más a la luz, se formó un manto de gloria, se espesó a su alrededor. Cuanto más se acercó, más densa era la luz que la rodeaba, hasta que se detuvo en frente del templo y se volvió plenamente hacia el rostro ardiente de Dios.

¡Qué envidia sentí! ¡Mi esposa había entrado en la gloria de Dios antes de que lo hiciera yo!

Al mismo tiempo descubrí que nada me impedía acercarme a la presencia de Dios, nada excepto un montón de cosas que hacer, responsabilidades que realmente gobernaban mi vida más que la voz de Dios. Al apartar la carga de estas presiones, decidí levantarme y entrar al templo. Pero, lamentablemente, al levantarme en el sueño… ¡de pronto desperté!

El anhelo y la desilusión dentro de mí parecían inaguantables. Había estado tan cerca de entrar en la presencia de Dios. ¡Qué ganas tenía de entrar en el templo y ser consumido en su gloria! Clamé: "Señor, ¿por qué dejaste que me despertara?"

De pronto, la palabra del Señor respondió a mi clamor, diciendo: "Yo no quiero que la vida de mi siervo sea realizada en un sueño. Si quieres que tu sueño se haga realidad, debes despertar".

Deshacer la pasividad, reorganizar las prioridades
Amados, hoy Dios nos despierta a la realidad de su presencia. Las promesas que el Señor nos da en Las Escrituras deben convertirse para nosotros en algo más que realidades a modo de sueño reservadas para el más allá. ¡Moisés frecuentaba la gloria de Dios! Los setenta ancianos de Israel comieron y bebieron en la resplandeciente gloria de Dios (ver Éxodo 24:9-11). Jesús reveló la gloria de Dios sobre el monte de la Transfiguración. Pablo dijo que todos podemos ver la gloria del Señor y ser transformados por la misma (ver 2 Corintios 3:18).

Por esta razón, La Biblia dice: "Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo" (Efesios 5:14). Si realmente queremos que Cristo nos alumbre, primero debemos levantarnos de las distracciones que nos sepultan en apatía y tinieblas espirituales.

Justo en este momento, la presencia del Dios viviente está lo suficientemente cercana como para oír el susurro de nuestros corazones. Pero si queremos que nuestro sueño de estar en la presencia de Dios se haga realidad, debemos despertar.

Francis Frangipane es director de los Ministerios Río de Vida y autor de once libros, que incluyen Los tres campos de la lucha espiritual y El refugio de Dios. Tomado de La lista de Elías en español.

Francis Frangipane


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