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El valor de cada miembro
Ene | 2008 (GMT-3)

Un médico cirujano extrae una enseñanza de los orígenes y efectos de la lepra.

DoctorEn mi niñez crecí en la India, e idolatraba a mi padre, misionero, que respondía a toda necesidad humana que encontraba. Solo una vez lo vi vacilar para ayudar; y fue cuando yo tenía siete años, y tres extraños aparecieron por el sendero de tierra viniendo a nuestra casa que estaba en las montañas.

Al principio estos tres se parecían a los cientos de otros extraños que pasaban por nuestra casa buscando atención médica. Cada uno vestía pantalones bombachos y un turbante, con una frazada envuelta sobre un hombro. Pero al acercarse, noté diferencias. Una cualidad moteada en su piel, frente y orejas espesas e hinchadas, y tiras de vendajes ensangrentados cubriéndoles los pies. Al acercarse, también noté que les faltaban dedos, y uno no tenía dedos en los pies; sus extremidades acababan en extremos redondos.

La reacción de mi madre fue diferente a su normal amable hospitalidad. Su cara se puso pálida y tensa.
– Corre a llamar a papá –me dijo al oído–. Llévate a tu hermana ¡y los dos quédense en casa!
Mi hermana obedeció perfectamente, pero después de llamar a mi padre yo me subí de manos y rodillas a una posición de ventaja. Algo siniestro estaba sucediendo, y no quería perdérmelo. Mi corazón palpitaba violentamente al ver la misma mirada de incertidumbre, casi temor, pasar por la cara de mi padre. Se quedó frente a los tres, nervioso, incómodo, como si no supiera qué hacer. Nunca había visto a mi padre de esta manera.

Los tres hombres se postraron en tierra, acción común en la India que a mi padre le disgustaba: “Yo no soy Dios; es a Él a quien ustedes deben adorar”, diría por lo general, y ayudaba a los hombres a que se pusieran de pie. Pero esta vez se quedó quieto. Finalmente, con una voz débil dijo:
– No hay mucho que podamos hacer. Lo lamento. Pero, esperen donde están; no se muevan. Haré lo que pueda.

Corrió al dispensario mientras los hombres se acuchillaban en el suelo. Pronto volvió con un rollo de vendajes, una lata de ungüento, un par de guantes quirúrgicos con los que estaba luchando para ponerse. Esto era muy extraño; ¿cómo podía atenderlos usando guantes?
Mi padre les lavó los pies a los extraños, les puso ungüentos en las heridas, y los vendó. Extrañamente, ellos no se retorcieron ni lanzaron alaridos cuando él tocaba sus heridas.

Mientras mi padre vendaba a los hombres, mamá había arreglado una selección de frutas en una canasta. La puso en el suelo junto a ellos, sugiriéndoles que se llevaran la canasta. Ellos tomaron la fruta pero dejaron la canasta, y desaparecieron por el cerro mientras yo me dirigía a recogerla.
– ¡No! –insistió mi madre–. ¡No la toques! Y no te acerques al lugar donde se sentaron.
En silencio observé a mi padre tomar la canasta y quemarla. Luego se restregó las manos con agua caliente y jabón. Después mi madre nos bañó a mi hermana y a mí, aunque no habíamos tenido ningún contacto directo con los visitantes.

Ese incidente fue mi primera exposición a la lepra, la enfermedad más antigua registrada, y con seguridad la más temida en toda la historia. Aunque tal vez yo hubiera retrocedido ante la sugerencia a los siete años, con el tiempo sentí el llamado de dedicar mi vida a trabajar entre leprosos. Por los pasados treinta años he estado con ellos casi a diario, formando muchas amistades íntimas y duraderas con personas valientes.

Durante ese tiempo, muchos temores exagerados y perjuicios en cuanto a la lepra se han derrumbado, por lo menos en la profesión médica. En parte debido a drogas efectivas, la lepra se ve como una enfermedad controlable y a duras penas contagiosa.
Sin embargo, en la mayor parte del mundo menos de una cuarta parte de los pacientes de lepra siguen alguna forma de tratamiento. De este modo, para muchos, todavía es una enfermedad que puede producir severas lesiones, ceguera y la pérdida de manos y pies. ¿Cómo produce la lepra estos tan terribles efectos?

Las causas
Al estudiar a los pacientes de lepra en la India, varios hallazgos me empujaron a una teoría más bien sencilla: ¿podría ser que los horribles resultados de la enfermedad resultan porque los pacientes de lepra han perdido la sensación de dolor? La enfermedad no es como un hongo que devora carne; más bien, ataca principalmente un solo tipo de células, la célula nerviosa. Después de años de análisis y observación, me sentí bastante seguro de que dicha teoría era sólida.

La pérdida gradual del sentido del dolor lleva al abuso de esas partes corporales que más dependen del dolor para su protección. Una persona que usa un martillo con un mango astillado no siente el dolor, y una infección se desata. Otro tropieza en la calle, se tuerce un tobillo y, ausente el dolor, sigue caminando. Otro pierde el uso del nervio que hace que el párpado parpadee cada pocos segundos para lubricar el ojo con lágrimas; el ojo se seca, y la persona queda ciega.
Los millones de células de una mano o de un pie, o los conos y bastones vivos y alertas del ojo, pueden quedar inútiles debido al deterioro de unas pocas células nerviosas. Tal es la tragedia de la lepra.

Un patrón similar puede hallarse en otras enfermedades. En la enfermedad de la anemia celular o leucemia, la función errónea de solo un tipo de célula puede destruir a una persona con rapidez. O, si fallan las células que mantienen en buen funcionamiento los filtros de los riñones, una persona puede morir muy pronto debido a envenenamiento tóxico.

Este hecho del cuerpo, el valor de cada una de sus partes, lo revela en forma gráfica una enfermedad como la lepra. El fracaso de un tipo de célula puede producir consecuencias trágicas. Alguien que estudia la vasta cantidad de células y su impresionante diversidad puede quedar pensando que cada célula es fácilmente sacrificable y de escasa consecuencia. Pero el mismo cuerpo que nos impresiona con especialización y diversidad, también afirma que cada uno de sus muchos miembros es valioso y a menudo esencial para la supervivencia.

Cada miembro es fundamental
Un factor interesante es que el valor de cada miembro es el aspecto que a menudo más se recalca en las ilustraciones bíblicas del cuerpo de Cristo (ver Romanos 12:5; 1 Corintios 12; Efesios 4:16). Escuche la casi jocosa manera en que Pablo se expresa en 1 Corintios: “Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son indispensables, y a los que nos parecen menos honrosos los tratamos con honra especial. Y se les trata con especial modestia a los miembros que nos parecen menos presentables, mientras que los más presentables no requieren trato especial. Así Dios ha dispuesto los miembros de nuestro cuerpo, dando mayor honra a los que menos tenían, a fin de que no haya división en el cuerpo, sino que sus miembros se preocupen por igual unos por otros. Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él” (vv. 22-26).

El punto de Pablo es claro: Cristo escogió cada miembro para que haga una contribución singular a su cuerpo. Sin esa contribución, el cuerpo puede tener un severo mal funcionamiento.
Temerosa y maravillosamente diseñadoPablo subraya que los miembros menos visibles –pienso en órganos tales como páncreas, riñones, hígado o bazo– son tal vez los más valiosos de todos.
Aunque rara vez me siento agradecido en forma consciente por ellos, estos desempeñan funciones diarias que me mantienen vivo.

Tomado del libro: Temerosa y maravillosamente diseñado de Editorial Vida

Philip Yancey y Dr. Paul Brand


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