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La verdad y la supremacía de Cristo en un mundo postmoderno
Jul | 2010 (GMT-3)

No hay muchas dudas de que la cultura contemporánea está en crisis, y se encamina hacia la destrucción. En este contexto, el contraste entre nuestra cultura y Cristo se ve más vivamente. ¿Qué hacer? Cuando los fundamentos son sacudidos y parece no haber solución.

preguntasLas preguntas que una vez eran consideradas temas establecidos ahora son objeto de duda. Hace cien años, hubiera sido difícil anticipar un debate positivo sobre la naturaleza y la definición del matrimonio, la moralidad de asesinar a un niño en el proceso de gestación, o si un hombre es “demasiado religioso” para un cargo público.

Sin embargo, estos temas no solo son debatidos, sino que son practicados. Los matrimonios gay son una realidad, el aborto es un procedimiento común, y los candidatos políticos bajan el tono de su filiación religiosa para no afectar sus carreras.

En este contexto, el completo contraste entre nuestra cultura y nuestro Cristo se ve más vivamente. Quizás no ha habido tiempo mejor para proclamar la supremacía de Cristo, particularmente en el área de la verdad. Es contra el telón de fondo de esta cultura que llama malo a lo “bueno” y bueno a lo “malo” –donde el pecado es celebrado y la justicia burlada– que el Cristo de la verdad brilla más fuerte.

El postmodernismo es un término elusivo ¡aún para sus partidarios! Pero si podemos decir algo cierto sobre la postmodernidad, es que el concepto de accesible, comprensible, verdad objetiva es antitético a la epistemología postmoderna estándar. Sin embargo, no queremos dar una descripción detallada de postmodernismo ni una defensa extensa de la verdad objetiva, sino más bien celebrar y defender la supremacía de Cristo. El postmodernismo no es supremo en este mundo. Cristo es el único que es y siempre será supremo. De modo que si hay un conflicto entre Cristo y la postmodernidad, ¡Jesús gana todos los días y dos veces el domingo!

Dos cosmovisiones que rivalizan
Podemos identificar dos cosmovisiones que rivalizan en nuestra cultura. A ambas nos referimos con muchos diferentes títulos, pero para nuestro propósito me referiré a ellas como teísmo cristiano por un lado, y una versión postmoderna de humanismo secular, por otro. Aun reconociendo que esto es una sobre simplificación, es útil para considerarlas como dos visiones de la realidad, amplias y rivales. Lo que haremos entonces, es tratar “las preguntas fundamentales de la vida” desde la perspectiva de cada una de estas dos cosmovisiones. Las veremos a través de cinco categorías principales, pidiendo sus respuestas sobre: la pregunta de Dios, la pregunta del hombre, la pregunta de la verdad, la pregunta del conocimiento y la pregunta de la ética.

Luego examinaremos cómo estas dos cosmovisiones rivales responden las preguntas existenciales que todos nosotros tenemos.

La pregunta de Dios
El cristianismo teísta responde la pregunta sobre Dios planteando un ser inteligente, todopoderoso y necesario. Por el otro lado, el humanismo secular postmoderno es fundamentalmente y funcionalmente ateo. El hombre es el punto de inicio en esta compleja cosmovisión. Esto es más bien irónico, porque mientras el humanismo secular es la cosmovisión predominante de nuestra cultura, la amplia mayoría de los americanos informa en las encuestas que creen en Dios.

La pregunta del hombre
El cristianismo teísta responde a la pregunta de la naturaleza del hombre considerando al hombre como una creación especial hecha a la imagen de Dios (ver Génesis 1:26-28). En contraste, el humanismo secular postmoderno ve al hombre como un organismo unicelular que se comporta de manera salvaje y rebelde; un simio glorificado que ha perdido la mayoría de sus pelos y adquirido pulgares contrarios, un accidente cósmico sin sentido.

Las preguntas de la verdad y el conocimiento
El cristianismo teísta considera la verdad como absoluto. Si algo es “verdad”, es decir, si corresponde a la perspectiva de Dios, entonces es verdad para todos en todas partes en todos los tiempos. Sin embargo, la visión de la verdad del humanismo secular postmoderno es diferente. La generación previa del humanismo –que podríamos llamar humanismo secular clásico– veía la verdad a través del lente epistemológico del materialismo naturalista. Era substancialmente atea, ya que nada podía ser conocido separado de este sistema cerrado llamado “naturaleza”.

Si la naturaleza es un sistema cerrado, entonces por definición no existe tal cosa llamada sobrenatural. Dicho pensamiento es el ateísmo funcional del cual hice referencia más arriba.

A pesar de que los postmodernos rechazan el materialismo naturalista a favor del pluralismo filosófico y experimental, el resultado final es el mismo. Ambas cosmovisiones rechazan el absoluto, la verdad objetiva de La Palabra de Dios y, en el caso del postmodernismo, la verdad objetiva en general. El humanismo secular clásico rechaza la verdad a favor del hecho; la versión postmoderna rechaza la verdad a favor de la experiencia.

La pregunta sobre la ética
La visión ética del teísmo cristiano –la pregunta moral sobre lo justo e injusto– es absoluta, dado que la moral está fundada en el carácter eterno e invariable de Dios. Por otro lado, la visión ética del humanismo secular y su aliado postmoderno es completamente cultural y negociable.

Declaran que lo que es éticamente correcto en una cultura no es necesariamente permitido en otra cultura y, por lo tanto, cada cultura negocia sus propias normas éticas. Como resultado, hay muchos profesores de historia que no desean decir que lo que los nazis hicieron en Alemania al intentar exterminar a los judíos fue antiético, porque el humanismo secular permite que de algún modo encaje en la estructura y contexto de la cultura alemana y la ética negociada de aquel momento.

Las preguntas fundamentales de la vida
Todo ser humano que ha vivido o vivirá, se ha preguntado, se pregunta y se preguntará cuatro interrogantes básicos. Son las mismas preguntas, no importa dónde usted viva –sea Asia, África, Europa o América– o cuándo se lo pregunte –sea el primer siglo, el siglo XXI, o si el Señor se tardara, el siglo XXXI). Las cuatro preguntas son estas: (1) ¿Quién soy? (2) ¿Por qué estoy aquí? (3) ¿Qué está mal en el mundo? y (4) ¿Cómo puede solucionarse? Aunque tal vez no todos lo comprendan, está en el alma de toda persona luchar con estas cuatro preguntas básicas.

Permítame responder estas preguntas primero desde la perspectiva de nuestra cultura, y luego desde la perspectiva del teísmo cristiano, basado en Colosenses 1. Si hacemos a nuestra cultura estas cuatro preguntas, aquí tenemos las respuestas que obtendremos.

¿Quién soy?
Las respuestas que da el humanismo secular a esta primera pregunta son estas: usted es un accidente. Usted es un error. Usted es un simio glorificado. Usted es el resultado casual del proceso de evolución. Eso es, sin sentido ni propósito. Finalmente no es nada. Esta es la patética realidad cuando la evolución recorre su curso ideológico. Si la idea es llevada a su conclusión lógica, el hombre no tiene más valor que un ratón del campo; y si el ratón del campo es una especie peligrosa que comparte la propiedad del hombre, adivine: ¿quién deberá mudarse?

¿Por qué estoy aquí?
La respuesta del humanismo secular a la pregunta “¿por qué estoy aquí?” es que usted está aquí para consumir y disfrutar. Tome todo lo que pueda. Puede tomarlo todo. Sentado en el poder. Eso es lo único que importa. Cuando al famoso filántropo John D. Rockefeller le preguntaron: “¿Cuánto dinero es suficiente?” fue lo más honesto que un hombre haya sido alguna vez. Respondió: “Solo un poquito más”. Consuma y goce. Por eso usted está aquí.

Por cierto, cuando se combina placer y consumición en un universo materialista, se logran resultados terribles. Si no tengo razón para mi existencia –si no soy nada más que el resultado de procesos de evolución, y solo existo para consumir y gozar– las únicas cosa que realmente importan son si soy más poderoso que el otro, y si la otra persona tiene algo que yo necesito para gozarme. Si es así, entonces me atañe tomar lo que necesito del otro para aumentar mi propia satisfacción.

¿No hemos visto esto en el mundo? ¿No hemos visto la conclusión lógica de este tipo de darwinismo social? ¿No hemos visto una cultura que decía que existe una raza que evolucionó más que las otras razas? Por eso sostienen que la raza aria es superior a todas las otras razas, e incumbe a la raza aria dominar y/o exterminar las otras razas con el propósito de alcanzar el siguiente nivel en nuestra evolución.

¿Qué está mal en el mundo?
Si usted pregunta a los partidarios postmodernos qué está mal en el mundo, la respuesta es muy sencilla. La gente está insuficientemente educada e insuficientemente gobernada. Eso es lo que está mal en el mundo. Las personas no saben lo suficiente, ni están vigiladas lo suficiente.

¿Cómo puede solucionarse?
La solución a nuestros dolores es más educación y más gobierno. Esa es la única respuesta que nuestra cultura propone: enseñar más a la gente y dar más información. ¿Cómo combatimos el sida? Lo combatimos con advertencias. ¿Cómo combatimos el racismo? Lo combatimos dando clases de antiodio. ¿Qué hacemos con el hombre que golpea a su esposa? Lo enviamos a tomar lecciones para manejar el enojo. Solo demos más
información a la gente y todo estará bien.

Pero si usted toma un ser humano asesino y pecador y lo educa, ese individuo se convierte en alguien más sofisticado en su habilidad de destruir. El mundo es mucho más educado ahora que durante la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo estamos ahora? ¿Vemos menos guerras? No. Solo técnicas más sofisticadas. Ahora podemos matar más personas en menos tiempo que nunca antes en la historia, debido a nuestra “educación”.

Si más educación no es la respuesta, quizás la solución se halla en más gobierno. Hay dos problemas con este tipo de pensamiento. Primero, ¿quién gobierna a los gobernadores? Para que el gobierno sea una solución real, debería haber cierto tipo de personas que nos gobernaran mientras que ellos mismos no tuvieran necesidad de ser gobernados.

El segundo problema es la depravación del hombre. Él no mejorará simplemente como resultado de ser gobernado. Por el contrario, solo encontrará escapatorias y las aprovechará.

El cristianismo teísta y sus respuestas. Una exposición de Colosenses 1:12-21
Las respuestas concedidas por el humanismo secular postmoderno dejan sus secuelas de deseo y vacío. Entonces, ¿cómo respondemos? En Colosenses 1 encontramos cómo la cosmovisión cristiana responde a estos mismos temas.

¿Quién soy?
“Él [Cristo] es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades todo fue creado por medio de él y para él”
(vv. 15-16).
posmodernidad
Quizás, ahora mismo, algunos de ustedes puedan estar confundidos de cómo este texto pueda ser la respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?” La respuesta es que usted no puede descubrir quién es hasta que no descubre quien es Él. Jesús es la imagen del Dios invisible. Es la representación exacta del Padre. Él es la imagen de Dios en carne. Él es Dios en la Tierra. Dios con nosotros, Dios entre nosotros. El todopoderoso, “por Él fueron creadas todas las cosas”.

Todas las cosas fueron hechas a través de él. Esto nos lleva a Juan 1:1: “En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”, lo cual no lleva más atrás a Génesis 1:1: “En el principio creo Dios los cielos y la tierra”.

Si continuamos leyendo encontramos estas maravillosas palabras: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, de acuerdo a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). Entonces ¿quién soy?

Mientras que nuestra cultura postmoderna dice que soy el resultado de un proceso casual, el cristianismo teísta dice que soy la coronación de gloria de la creación de Dios (ver Salmo 8:5). El cristianismo teísta dice que Él me entretejió en el vientre de mi madre (ver Salmo 139:13), dice que no soy un accidente, no soy el resultado de un proceso casual. El cristianismo teísta dice que aunque sea alto y hermoso, o pequeño y no tan atractivo, si mi cuerpo funciona perfectamente o está deformado severamente, soy la corona de gloria de la creación de Dios, y en consecuencia tengo dignidad y valor inherente. El cristianismo teísta no comprende ideas como racismo, clasismo o eugenesia

Nunca olvidaré el momento que entendí esto por primera vez. Pasé mucho tiempo de mi vida preguntándome “¿por qué?” Crecí con una madre soltera adolescente. Tenía diecisiete años cuando quedó embarazada de mí. Estuvo casada por poco tiempo con mi padre. Desde que tuve un año crecí en un proyecto para drogadictos y pandilleros, donde en aquel tiempo la expectativa promedio de vida para un joven negro era alrededor de los veinticuatro años. Muchas veces me pregunté “¿Por qué?”, especialmente a la luz de nuestra cultura actual que mira las madres jóvenes en las condiciones de mi madre, y les dice que sería irresponsable llevar a término su embarazo. Pero: ¿quién soy? Soy la corona de gloria de la creación de Dios.

A pesar de las circunstancias que rodearon mi nacimiento o el suyo, a pesar de las dificultades o enfermedades con las que lucha, a pesar de su clase o su situación de la vida porque la supremacía de Cristo es verdad, usted es lo que el Creador del universo dice que es.

Y porque alienta en usted el verdadero aliento de vida, le dice que tiene valor, dignidad y entidad, y dice que tuve mejor reconocimiento en Él que en mí mismo. De ese modo vemos la supremacía de Cristo en la verdad, y tenemos la respuesta a la pregunta numero uno.

¿Por qué estoy aquí?
Esta cultura dice básicamente que no hay sentido o razón, por lo tanto estamos aquí para hacer lo más que podamos. Consumir. Disfrutar. Ese es el motivo. Esa es la mentalidad de la amplia mayoría de nuestra cultura, de ambos lados, dentro y fuera de la Iglesia, como consecuencia de un materialismo insaciable.

El cristianismo teísta mira esta pregunta y responde en modo muy diferente. De nuevo, regresamos a la supremacía de Cristo. Miremos la parte siguiente del texto de Colosenses: “Todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes que todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten. Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia y es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (vv. 16b-18).

El propósito final de todas las cosas es dar gloria y honor a Cristo y que Él tenga supremacía sobre todas las cosas. Entonces, ¿por qué estoy aquí? Para dar gloria y honor al Señor Jesucristo. Por eso existo. Por eso existe usted. Por eso es que su aliento en nosotros es el verdadero aliento de vida. Él tiene supremacía y preeminencia sobre todas las cosas. Él tiene supremacía y preeminencia en su vida, supremacía y preeminencia en la Iglesia, supremacía y preeminencia sobre la muerte y el infierno, y sobre la tumba, supremacía y preeminencia sobre todo. Y por esto, la razón de mi existencia va más allá del consumismo y bienestar. Cristo “está por encima de todas las cosas”.

¿Cómo eligió su último empleo? ¿Fue porque la verdad de la supremacía de Cristo se relaciona con el propósito de su existencia? ¿O fue porque le pagaban más que en el empleo anterior? Pastor, ¿cómo eligió su iglesia actual? ¿Fue por una búsqueda de la supremacía de Cristo en todas las cosas, aun aquellas relacionadas con su propósito pastoral? ¿O fue porque esta posición es un poquito más prestigiosa que la anterior? Todas las cosas fueron hechas por Él y para Él. Mi vida, mi familia, mi ministerio, todo debe ser caracterizado por el propósito de preeminencia de Cristo.

¿Qué está mal en el mundo?
Obviamente, hay algo que está mal en el mundo. Observemos el siguiente texto para tener la respuesta en relación a la supremacía de Cristo. “Porque agradó al Padre que en él habitara toda la plenitud, y por medio de él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz, por medio de él. Y aunque vosotros antes estabais alejados y erais de ánimo hostil, ocupados en malas obras” (Colosenses 1:19-21).

¿Qué es lo que está mal en el mundo? Usted. Por su actitud y sus males acciones. A pesar del hecho de ser la corona de gloria de la creación de Dios, creado para vivir y dar gloria y honor al Señor Jesucristo, su actitud es hostil hacia aquel por quien y para quien ha sido creado. Eso es lo que está mal en el mundo. En pocas palabras, el pecado es lo que está mal en el mundo. El problema con el mundo soy yo. El problema es el hecho que no reconozco verdaderamente la supremacía de Cristo. El problema es que comienzo conmigo como medida de todas las cosas. Juzgo como Dios lleva mi agenda para el mundo, y creo en mi supremacía.

En consecuencia deseo un Dios omnipotente, pero no soberano.

Si tengo un Dios que es omnipotente pero no soberano, puedo manejar su poder. Pero si mi Dios es omnipotente y soberano, estoy a su merced.

¿Quién soy? Soy la corona de gloria de la creación de Dios, entretejido en el vientre de mi madre. ¿Por qué estoy aquí? Estoy para dar gloria y honor al Señor Jesucristo. ¿Qué está mal en el mundo? Yo. No hago lo que espera que haga.

¿Cómo se soluciona lo que está mal?
Mire la primera parte del texto de Colosenses 1:22: “Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte”. La frase pero ahora es una de las palabras más hermosas de toda La Biblia. ¿Puede imaginarse cómo sería la vida, si en pasajes como este no fuesen seguidos por las palabras pero, sin embargo o no obstante?

¿Cómo se soluciona lo que está mal? Vemos dos cosas en ese último grupo de oraciones. Primero, vemos que lo que está mal puede solucionarse mediante la muerte vicaria de Cristo. Y segundo, en esa oración condicional si (v. 23), vemos que no puede solucionarse de ningún otro modo, la supremacía de Cristo es verdad y redención y se encuentra exclusivamente de Cristo.

No hay ningún otro modo en que el hombre pueda ser justificado. “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos (Hechos 4:12). Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne pero vivificado en el espíritu” (1 Pedro 3:18). “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el SEÑOR hizo que cayera sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Isaías 53:6).

¿Cómo se soluciona lo que está mal? Si usted perdonara la implicación inevitable, podemos decir que toda religión en el mundo se sintetiza en esto: “Necesita tener una experiencia religiosa, y desde ese momento en adelante deberá hacer más cosas buenas que cosas malas, y luego esperar lo mejor cuando mueras”. Se puede diferir en lo que consiste dicha experiencia o, en cómo se define “lo bueno” y “lo malo” pero, fundamentalmente toda religión en el mundo se basa en la necesidad de hacer el bien más que hacer el mal, sin ninguna certeza o seguridad de un destino eterno.

En mis primeros años de universidad luché con eso. No crecí como cristiano ni cerca de la cristiandad. Mi madre era una budista practicante. Nunca escuché el Evangelio hasta llegar a la universidad. Luchaba con esto: me habían dicho que debía tener una experiencia religiosa, y luego hacer más cosas buenas que cosas malas, y esperar por lo mejor cuando muriera. Pero encontré al menos tres problemas con esta perspectiva.

Mi primer problema: no puedo ser bueno. Intenté. Pero no pude. Soy incapaz de hacerlo. Soy totalmente y radicalmente depravado, como dirían los reformadores. Más allá de alguna duda, no puedo ser bueno. Aunque hago cosas que parecen ser buenas, para empezar las hago con una motivación equivocada y se destruye lo bueno que había en ellas. No puedo ser bueno.

Mi segundo problema: ¿qué sucede con todas las cosas que hice antes de mi experiencia religiosa? ¿Quién o qué cosa borrará los pecados de mi pasado? ¿Cuánto tiempo tendré que vivir haciendo buenas obras, las cuales hemos establecido como vanas para equilibrar mi maldad?

Mi tercer problema concierne a mi seguridad: ¿cómo puedo finalmente saber que crucé la línea final? ¿“Esperar por lo mejor para cuando muera” es lo mejor que puedo conseguir? ¿Estoy sentenciado a vagar por la vida esperando lo mejor cuando esta vida termine?

Encuentro la respuesta a estos tres problemas en la supremacía de Cristo y en cómo se relaciona con la redención. La Biblia dice: “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Con el paso del tiempo, Dios ha pasado por alto o justificado, el pecado: Dios, ¿cómo puedes ser justo y no destruir a Moisés el asesino, o destruir a Abraham el mentiroso, o destruir a David el adúltero? ¿Cómo, oh Dios? Pero, en la misericordiosa providencia de Dios, hubo un día cuando Dios Padre aplastó y mató a su único Hijo en nuestro lugar con el propósito de satisfacer su ira, “para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús” (Romanos 3:26).

¿Fue su muerte suficiente por los pecados de Adán, Abraham y Moisés? ¿Puede escuchar las preguntas retóricas del Calvario? ¿Fue suficiente por su pecado? ¿Fue suficiente para que reconozca la supremacía de Cristo en relación a la redención? No hubo nada más que pudiera haber sido hecho que permitiera a Dios ser justo y justificador. Pero en la humillación y exaltación de Jesucristo encontramos la resolución a la pregunta, ¿“Cómo puede solucionarse lo que está mal?” Escuche lo que los autores del himno declaran:

¿Qué puede borrar mi pecado?

Nada, solo la sangre de Jesús;

¿qué me puede hacer integro, de nuevo?

Nada, solo la sangre de Jesús;

¡oh! Preciosa fuente

que me hace blanco como la nieve;

no conozco ninguna otra fuente,

nada, solo la sangre de Jesús.

¿Cómo puede solucionarse lo que está mal? El cordero sin pecado y sin mancha fue humillado, rechazado y asesinado para pagar una deuda que no tenía, en favor de los pecadores que nunca hubiesen podido pagarla.

Mientras caminamos por las calles y miramos a los ojos sin vida de los individuos quienes han comprado la mentira, descansamos seguros que por la gracia de Dios poseemos la respuesta y somos poseídos por la respuesta. La respuesta es Cristo y su supremacía en verdad. Lamentémonos por aquellos que caminan sin sentido por esta vida, y que nunca serán satisfechos con las respuestas que nuestra cultura ha sistematizado para dar. Cuanto más nos hemos alejado de la supremacía de Cristo, más nos hemos alejado de la única cosa que sería suficiente y podría satisfacerlo.
La supremacía de Cristo en un mundo posmoderno
Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego”
(Romanos 1:16). Esta es en verdad la supremacía de Cristo en un mundo postmoderno, moribundo, decadente, corrompido y afligido.
Por lo tanto, abracémoslo y proclamemos apasionadamente, con confianza y sin descanso, porque, después de todo, para eso estamos aquí.

Tomado del libro: La supremacía de Cristo en un mundo posmoderno de Editorial Peniel

John Piper y Justin Taylor


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